‘Aquaman’ se queda a vivir en la orilla

Un pasito más era lo que le pedíamos a DC en su universo cinematográfico. Para compensar los dos que dio hacia atrás con ‘La Liga de la Justicia’. Para encauzar una trayectoria que alcanzó el culmen con ‘Wonder Woman’. Sin embargo, con ‘Aquaman’ prefieren moverse lateralmente, aprovechando el impulso de un personaje queridísimo por el imaginario colectivo para construir una película cómoda, entretenida y ligeramente ajena a su carga política. Encorsetada en el clásico esquema de presentación-dilema-fracaso-romance-batalla final. Para no aburrir, James Wan ha buscado la trascendencia a través del plano formal y la hostia a mano abierta, olvidando el conflicto que debería generarse en el interior de Arthur Curry ante el detonante que inicia su particular viaje del héroe. Existe cierto miedo en Warner a seguir el camino del oscurantismo, a insistir en el estilo de la película con la que empezó todo: ‘Batman v. Superman’. Hubo otros problemas muy distintos al tono en la de Zack Snyder, pero Atlantis no parecía estar dispuesta a recibir el mismo trato, así que por qué no vamos a abrazar la belleza de la luz, el color y las secuencias de acción a mil por hora. En este sentido, Wan demuestra no sólo que es un esteta y un gran compositor de planos, sino que, en suma, conoce a la perfección los códigos para dinamizar una historia cuando esta ha nacido ya agotada. Su contenido, absurdo y disparatado, es tan la primera de ‘Thor’ que a veces se te olvida que no es de la Factoría Marvel, que no es Chris Hemsworth el protagonista. A propósito, se han preocupado de buscar un perfil similar al australiano, reconocible a la legua. En mitad de este galimatías de referencias dispares, lo que sí resulta satisfactorio es analizar cómo, aunque su limitada capacidad de sorpresa pesa como caída del cielo, ni de lejos evita que quites la vista de la pantalla. Quizá sea este el gran triunfo de ‘Aquaman’, hipnotizar con un show anfetamínico a pesar de una propuesta lineal y bastante simplista. 

Aquaman
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‘Roma’ es el mejor regalo de Navidad

Cada vez que veo un avión en el cine, me acuerdo de los Vetusta Morla cantando los acordes de ‘Copenhague’. Gente que busca afecto aquí y allí. Gente desubicada. Gente que puede y gente que sólo quiere encontrarse. Alfonso Cuarón ama ambas cosas, así como descubrir los caminos que conjuguen vida y muerte a través del arte. Roma‘ es una píldora de realidad incómoda para curar la desmemoria, el desamor y la pérdida de uno mismo. Es una muchedumbre jaleando, pisándose, regresando al primate en un plano externo, mientras una embaraza sonríe al ver la cuna de su futuro hijo. Una realidad en dos planos diferentes, porque cada uno tiene su verdad y la cuenta como quiere. Los que viajan saben de esto. Cuarón es muy inteligente como narrador, juega con las figuras retóricas como Larra, simboliza lo íntimo como Sorolla, coloca empatía frente a la deshumanización de un revólver como un maestro costumbrista. El amor rivalizando con la ira. El ser humano definido en cinco segundos, sin palabras.

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Asumir la culpabilidad

Kevin Spacey

No hay Dios capaz de echar por tierra que el concepto de inmediatez ha evolucionado durante estos últimos dos años hasta romper sus propios límites. En un entorno donde las redes sociales han pasado a ser el amplificador de la justicia social, la plaza pública virtual donde ahorcar a culpables e inocentes y sustituir el sentido absoluto de ecuanimidad por el de venganza, la necesidad de llegar primero se ha convertido en una máxima. Independientemente de que esto ayude o no a nuestra causa, defensa o argumento, debemos adelantarnos a la profusión de prejuicios, descalificaciones y lectura de derechos que nos fabriquen un ataúd del que es casi imposible escapar. Tan pronto como consigues miles de corazones en apenas 140 caracteres, caes al infierno y te plantan, a veces sin posibilidad de retroceso, un pijama de madera. Lo único que provoca su supervivencia es cuando la ocasión no merece sino lo mismo que en otras se denuncia: atención al detalle.

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Millie Bobby Brown, del Demogorgon a Godzilla

Millie Bobby Brown

Nos despertamos con la noticia de que Millie Bobby Brown, musa de la moda posmoderna y protagonista de Stranger Thingsse ha unido al ‘monsterverse’ que Legendary y Warner Bros. están edificando sobre Kong y Godzilla. Evidentemente, se trata de una incorporación a largo plazo, de modo que la jovencísima actriz y modelo fotográfica sea la futura mediadora en un planeta capitaneado por dos figuras beligerantes. Pero la cuestión, más allá de que también tenga algo que ver con una estrategia de marketing para conectar con el público de nuestro tiempo, es si Bobby Brown, quien crece demasiado rápido para la edad que tiene, está realmente preparada para dar el salto desde un juego de mesa infantil (en su versión más ofensiva) hasta la máxima representación cultural del terror en Japón. Recordemos que The Godzilla fue concebido por una madre procedente de la fisión nuclear y un padre creado en base al proletariado nipón. Ya no hay que proyectar las voz y rabia contra un engendro, el Demogorgon, que vive en dos planos realidad casi simultáneamente, sino contra la imagen de un sentimiento social más importante de lo que sus parodias nos han contado sobre él.

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[CRÍTICA] Scorsese nos propone un viaje de fe en ‘Silencio’

Silencio

Pedir, con los ojos desorientados. Rogar, con las manos temblando. Suplicar, con lágrimas de taquicardia. Exigir, con miedo. Clamar al cielo. Arrodillarse, acariciando pequeñas bolas de madera, contándolas una a una. Volver a empezar. Silencio. Nadie al otro lado de nuestros dilemas, ni una voz que guíe a los desamparados, mas que la de su propia conciencia. En su extensa filmografía, a Martin Scorsese siempre le han acompañado la responsabilidad moral del catolicismo, la tradición cristiana de culpa y expiación. Ambas tratadas con una emoción que lleva tiempo revelándose como sino del realizador. Desde que Charlie (Harvey Keitel- Malas calles– 1973) se admitiera redimiendo sus pecados en la calle, en lugar de en la Iglesia -en la que vive su particular prueba de fuego-, la obsesión del cineasta neoyorquino ha sido la de poner en boga los tratados doctrinales de la religión en la que basaron su educación. Sigue leyendo [CRÍTICA] Scorsese nos propone un viaje de fe en ‘Silencio’

[World Press Photo] El periodismo no está muerto

Decía el prolijo novelista Philip K. Dick en su obra Tiempo desarticulado (1959) que “tenemos un montón de goteras en nuestra realidad”. Quizá haya sido el mínimo común denominador de la humanidad a lo largo de la Historia; la costumbre irracional de pensar que, bueno, si el conflicto es ajeno a nuestra rueda de la vida, es una barbaridad pero estamos tranquilos. Observamos y decidimos, quizá por conformismo o incapacidad, no involucrarnos. En ningún caso y desde ninguna óptica, ya sea una guerra entre actores internacionales de Oriente Próximo o un enfrentamiento entre vecinos del mismo bloque. Nada nos parece más real que despertarnos un domingo, encender el televisor y arroparnos al calor de una manta suave. Porque la realidad, como la vida y la verdad, es dura. No obstante, existe una postura aún más cruda: la indiferencia. Afortunadamente, y aunque de un tiempo a esta parte se ha querido defenestrar incluso desde dentro, el gremio periodístico sigue regalándonos aristas de realidad con las que componer el retrato de una sociedad universal definitivamente rota.

Foto: Warren Richardson
Foto: Warren Richardson

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Bienvenido Gobierno, bienaventurada oposición

El suave y cosmopolita apretón de manos entre Antonio Hernando y Pedro Sánchez, previo a la primera sesión del debate de investidura, fue meramente diplomático. Lo sabe todo el mundo, pero por si acaso quedaba algún escéptico, Sánchez se encargó de recordarlo esta mañana durante la primera intervención del portavoz del PSOE en el segundo encuentro parlamentario. Mientras Hernando se batía en duelo consigo mismo y con su partido, declarando que no les gusta Mariano Rajoy (pero sí le quieren), el ex secretario general del partido socialista buscaba las motas de caspa en el Hemiciclo, en una suerte de ritual escapista y ciertamente infantil que no comprendía ni los aplausos ni tampoco las miradas a su otrora número dos. Parece olvidarse de que el orgullo le hizo subir varios escalones en su bancada, a la vez que descendía a los infiernos de su formación política.

EFE
El Confidencial/EFE

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