‘Aquaman’ se queda a vivir en la orilla

Un pasito más era lo que le pedíamos a DC en su universo cinematográfico. Para compensar los dos que dio hacia atrás con ‘La Liga de la Justicia’. Para encauzar una trayectoria que alcanzó el culmen con ‘Wonder Woman’. Sin embargo, con ‘Aquaman’ prefieren moverse lateralmente, aprovechando el impulso de un personaje queridísimo por el imaginario colectivo para construir una película cómoda, entretenida y ligeramente ajena a su carga política. Encorsetada en el clásico esquema de presentación-dilema-fracaso-romance-batalla final. Para no aburrir, James Wan ha buscado la trascendencia a través del plano formal y la hostia a mano abierta, olvidando el conflicto que debería generarse en el interior de Arthur Curry ante el detonante que inicia su particular viaje del héroe. Existe cierto miedo en Warner a seguir el camino del oscurantismo, a insistir en el estilo de la película con la que empezó todo: ‘Batman v. Superman’. Hubo otros problemas muy distintos al tono en la de Zack Snyder, pero Atlantis no parecía estar dispuesta a recibir el mismo trato, así que por qué no vamos a abrazar la belleza de la luz, el color y las secuencias de acción a mil por hora. En este sentido, Wan demuestra no sólo que es un esteta y un gran compositor de planos, sino que, en suma, conoce a la perfección los códigos para dinamizar una historia cuando esta ha nacido ya agotada. Su contenido, absurdo y disparatado, es tan la primera de ‘Thor’ que a veces se te olvida que no es de la Factoría Marvel, que no es Chris Hemsworth el protagonista. A propósito, se han preocupado de buscar un perfil similar al australiano, reconocible a la legua. En mitad de este galimatías de referencias dispares, lo que sí resulta satisfactorio es analizar cómo, aunque su limitada capacidad de sorpresa pesa como caída del cielo, ni de lejos evita que quites la vista de la pantalla. Quizá sea este el gran triunfo de ‘Aquaman’, hipnotizar con un show anfetamínico a pesar de una propuesta lineal y bastante simplista.

Una vez hemos conocido la génesis del personaje y su actualidad en la Tierra (que, por cierto, posee una secuencia de acción con Nicole Kidman en modo luz, fuego, destrucción y momentos tan ‘Battleship’ que dan más pena que gloria), los guionistas optan por desgranar a su personaje a través de la relación que está ¿obligado? a tener con Mera. Y no podría salir mejor. Suele aplicar a la lógica el hecho de que una película que contempla tantas a la vez no termine siendo ninguna de ellas. Pero, en este caso, sí funciona. Por un lado, tenemos al rey Orm (Patrick Wilson en la piel de The Ocean Motherfucking Master) soportando sobre sus hombros toda la carga política, protagonizando su propio devenir como si la película fuera suya, representando el horror, la tiranía, el muro a derribar. Por otro, la pareja de moda en DC, caminando sobre las fórmulas del cine de aventuras, de la buddy movie y del cine de acción químicamente puro. A veces es ‘La Momia’, a veces ‘Indiana Jones’, a veces ‘G.I. Joe’. En un tercer plano, queda el pobre Black Manta, diseñado como una suerte de Boba Fett de plastilina, la extensión del mal en una Sicilia que está de paso. De fondo, la preocupación de Vulko, la desilusión de Curry padre y el más allá de Atlanna. Muchas cosas, todas ordenadas bajo el prisma de la técnica y el CGI salvaje, del espectáculo con más corazón que inteligencia. O eso es lo que parece, porque, en realidad, no está pasando absolutamente nada. Muy poco.

Siempre transmitiendo arbitrariedad en sus decisiones narrativas, Wan nos muestra una mitología cargada de elementos lisérgicos. Atlantis sumida en su propia idiosincrasia como una ciudad inexplorada, completamente alejada de los ritmos humanos (y a pesar de ellos), entregada por completo a fascinar desde la apariencia, como los ligues de discoteca que juegan al encuentro casual para que, esquivando las citas a solas y sin alcohol, no les descubran que hay muy poco que contar. Y aquí nace el primer conflicto. No del personaje, sino con el espectador. Resulta bastante complicado que Arthur no esté parcialmente de acuerdo con los intereses de su hermanastro, que no haya contradicción en un personaje que tiene demasiados frentes agrietados. Condena las formas y el fondo, disfruta siendo de segunda. Decepción. Que a una historia no le interese la ambigüedad no es excluyente. Lo que resulta dañino para la propuesta de Warner/DC es que, inmersos en el universo superheroico, todo discurra según lo previsto de una forma tan simple y que, además, traten de disimularlo con juegos visuales. Si algo interesa de este género, boyante y con un futuro casi infinito, es el proceso construcción/deconstrucción/reconstrucción por el que pasan sus personajes. Cómo generan el conflicto en su interior para que se le noten las costuras. Eso se echa de menos en ‘Aquaman’.

Aquaman
Amber Heard y Jason Momoa

Los fans van a disfrutar porque está hecha para ellos -el vestuario es como un sueño cumplido-, pero no deberíamos desconsiderar que los defectos de esta película son fruto de un Todo erróneo, de una planificación que le perjudica de manera inevitable. La sensación mejoraría si hubiese llegado antes que ‘La Liga de la Justicia’, en un orden lógico de presentaciones y apretones de manos. Sin embargo, lo que encontramos es a un Momoa que encaja en el puzzle como buenamente puede, mezclando brutalidad física, espontaneidad y cierta vis cómica, intentando con ello conjugar la cantidad de películas diferentes en una sola bajo su tridente dorado. Amber Heard, co-protagonista de lujo y más que digna representante de ese empoderamiento tan necesario en las historias de superhéroes, está presente de cuerpo, menos de alma. Ojalá pudiera ser tan sólo un 50% de lo que es Gal Gadot como Wonder Woman, porque sería épico a escalas irreconciliables con el resto. De donde venimos, conformarse con esta ‘Aquaman’ es una cuestión de positivismo e inclinación por el caos salvaje que se esfuerza hasta la extenuación por entretener. Por ser felices, al fin y al cabo. Porque después de tanto tiempo esperando, de tantas ganas canalizadas en las redes sociales y escupidas contra Snyder y sus cuts, lo más humano es lanzarse al mar, disfrutar de su oleaje, nadar hasta quedarse a vivir en la orilla. Como Arthur. Como Aquaman. Como el Rey de Atlantis. Como cualquiera de nosotros.

 

Nota: Durante unos pocos segundos suenan los Greta Van Fleet, así que le perdonamos absolutamente cualquier defecto a la película.

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