Archivos Mensuales: diciembre 2018

Nadie sabe ‘Lo que esconde Silver Lake’

Cuando empleamos la palabra “universo” para definir el estado de las cosas en Hollywood no es vano. En torno a las colinas y barrios lujosos de Los Ángeles han orbitado leyendas negras, mitos desconocidos, sectas, organizaciones ocultas e historias para no dormir, como si las zonas aledañas comprendiesen el perímetro de un vórtice en el que sólo se generan medias verdades y putrefacción con envoltorio de purpurina. Los que han ido de vacaciones suelen decir siempre lo mismo: la atmósfera que se respira es distinta, es como si todo formase parte de algo definitivo, extraño, fuera de lo mundano, definido para alcanzar la divinidad, condenado a los infiernos. David Robert Mitchell, como un nostálgico orfebre de la cultura pop, se inventa ‘Lo que esconde Silver Lake‘, una película que bebe de los Coen más absurdos, del Lynch más desternillante y de la figura del stalker para realizar una radiografía en clave de humor sobre los recovecos de la cultura del entretenimiento y el arte en la era de Internet. El gran soñador americano que, no pudiendo pagar la renta de alquiler, se obsesiona con los mensajes ocultos en los discos de rock esotérico, la forma sensual de la mujer y absolutamente cualquier elemento fundacional del star system hollywoodiense.

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‘Aquaman’ se queda a vivir en la orilla

Un pasito más era lo que le pedíamos a DC en su universo cinematográfico. Para compensar los dos que dio hacia atrás con ‘La Liga de la Justicia’. Para encauzar una trayectoria que alcanzó el culmen con ‘Wonder Woman’. Sin embargo, con ‘Aquaman’ prefieren moverse lateralmente, aprovechando el impulso de un personaje queridísimo por el imaginario colectivo para construir una película cómoda, entretenida y ligeramente ajena a su carga política. Encorsetada en el clásico esquema de presentación-dilema-fracaso-romance-batalla final. Para no aburrir, James Wan ha buscado la trascendencia a través del plano formal y la hostia a mano abierta, olvidando el conflicto que debería generarse en el interior de Arthur Curry ante el detonante que inicia su particular viaje del héroe. Existe cierto miedo en Warner a seguir el camino del oscurantismo, a insistir en el estilo de la película con la que empezó todo: ‘Batman v. Superman’. Hubo otros problemas muy distintos al tono en la de Zack Snyder, pero Atlantis no parecía estar dispuesta a recibir el mismo trato, así que por qué no vamos a abrazar la belleza de la luz, el color y las secuencias de acción a mil por hora. En este sentido, Wan demuestra no sólo que es un esteta y un gran compositor de planos, sino que, en suma, conoce a la perfección los códigos para dinamizar una historia cuando esta ha nacido ya agotada. Su contenido, absurdo y disparatado, es tan la primera de ‘Thor’ que a veces se te olvida que no es de la Factoría Marvel, que no es Chris Hemsworth el protagonista. A propósito, se han preocupado de buscar un perfil similar al australiano, reconocible a la legua. En mitad de este galimatías de referencias dispares, lo que sí resulta satisfactorio es analizar cómo, aunque su limitada capacidad de sorpresa pesa como caída del cielo, ni de lejos evita que quites la vista de la pantalla. Quizá sea este el gran triunfo de ‘Aquaman’, hipnotizar con un show anfetamínico a pesar de una propuesta lineal y bastante simplista.

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‘Roma’ es el mejor regalo de Navidad

Cada vez que veo un avión en el cine, me acuerdo de los Vetusta Morla cantando los acordes de ‘Copenhague’. Gente que busca afecto aquí y allí. Gente desubicada. Gente que puede y gente que sólo quiere encontrarse. Alfonso Cuarón ama ambas cosas, así como descubrir los caminos que conjuguen vida y muerte a través del arte. Roma‘ es una píldora de realidad incómoda para curar la desmemoria, el desamor y la pérdida de uno mismo. Es una muchedumbre jaleando, pisándose, regresando al primate en un plano externo, mientras una embaraza sonríe al ver la cuna de su futuro hijo. Una realidad en dos planos diferentes, porque cada uno tiene su verdad y la cuenta como quiere. Los que viajan saben de esto. Cuarón es muy inteligente como narrador, juega con las figuras retóricas como Larra, simboliza lo íntimo como Sorolla, coloca empatía frente a la deshumanización de un revólver como un maestro costumbrista. El amor rivalizando con la ira. El ser humano definido en cinco segundos, sin palabras.

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