Archivo de la categoría: Relato

Henri Matisse en diferido

matisseNo hace tanto tiempo desde la última vez que besé tus labios mientras un haz de luz atraviesa las sábanas, impregnándote de una nostalgia que ahora, dos años después, empiezo a entender. Recuerdo aquel día en que me obsequiaste la compañía con una cortina recién importada de Egipto. Qué ilusión, tanto color. Tú con tu vida, yo con mis penas. Pero conseguiste hacerme feliz. Aunque sólo fuera por nuestros almuerzos frente al ventanal donde todavía sigue dando sombra la palmera que tanto te gustaba contemplar. Era un escalofrío parecido al que te invade cuando, siendo bien niño, disfrutas del sueño en la víspera de la Navidad.

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La Cátedra del Mínimo Esfuerzo

Un nuevo curso brota en el horizonte de septiembre, algo frío por la despedida del verano asfixiante. Faustino, catedrático y conocedor de todos los intríngulis de su profesión, avanza por la Avenida Complutense. Reflexiona sobre las cerca de cuatro décadas que ha pasado enseñando a alumnos de todo tipo, manteniendo una única preocupación; seguir engañando a sus oyentes. Entra en su amada Facultad. Federico, rector de la misma, yace en el hall, balbuceando palabras, poseído por una verdulera que pide la vez en el mercado. Haciendo caso omiso, Faustino sube las escaleras que delimitan el vestíbulo con su departamento. Sentándose franco, en el sillón que cohabita, solo, en su despacho, mira inevitablemente el reloj. Ínfimos diez minutos para iniciar su particular aventura, ante la cara de los beatos e inexpertos universitarios. “A ver qué treta concibo para hablar las dos horas, sin decir nada”, se dice para sí, mientras se dispone a coger el ascensor.

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Reflexiones Banales

Manantial de voces que retumba en mi cabeza. Chocan, divagan, se tambalean buscando su esencia, esencia que creen interna en mis delirios de trance musical. Comienza mi viaje. Cojo el primer vuelo disponible, surco los cielos, pies a tierra, camino. Descubro las intrínsecas vicisitudes de la cultura asiática en la costa de Taiwán, tomo prestada una piragua y emprendo la navegación en busca de las teclas color ajedrez. Bogo sin descanso, alcanzo la cota más ancha del riachuelo, me introduzco bajo un arco pedregoso y topo con la estampa de seis pórticos empedrados que me dan la bienvenida a un nuevo mundo.

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Legado Epistemológico

La llave del conocimiento es una de las incógnitas del ser humano. ¿Qué hacer para adquirir conocimiento? No un conocimiento banal y satírico para debatir con taberneros en oscuras tardes de domingo. No. Un conocimiento puro, sin reseñas ni estadísticas perturbables, que nos proporcione seguridad en cada momento y nos dote de un arma fidedigna, no para combatir con la ineptitud de la masa, sino para mostrarle la veracidad de los acontecimientos. Esa búsqueda era el pasatiempo de Séptimo, un moribundo, antojo del desdén, que habitaba en los Jardines del Buen Retiro. Dibujaba pensamientos en los árboles que le proporcionaban cobijo, discurriendo sobre la forma de enseñar al niño lo que el hombre había aprendido con la experiencia. Una enseñanza de provecho, privándoles de información pueril e inverosímil. Soñaba con que alguien lo hubiera hecho por y para él. De esa manera, ahora no sería un vagabundo pisoteado por “los zapatos de caprichosos con suerte de casta”, se decía. En discusiones con su propia conciencia, que funcionaba como el mejor amigo que jamás tendría, se sumía en cientos de elucubraciones sobre cómo el ser humano ha llegado hasta ese punto, intentando conocer la verdadera historia sobre el conocimiento fehaciente de conocimiento. Daba largos paseos por los que llamaba “sus jardines”. Había nacido en ellos, por lo que una parte de él pertenecía allí, y una parte de allí le pertenecía. Asustaba a los pequeños chicos que jugaban al escondite, sin ellos saberlo, contándoles historias sobre el nacimiento de un niño sin ojos en la misma piedra donde se habían sentado a escucharle. Ganaba salud carcajeando ante la huida despavorida de los niños.

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En Primera Persona

Yazco en gasolineras lujosas, centros comerciales de mala muerte, almacenes sin alma y tiendas de calle mediocre, de las de visita pre-cumpleañera. Me disfrazo de equipos de fútbol, héroes de cómic o de princesas creación de un hombre que se creía criogenizado. Me quieren para odiarme. Paso por la vida de generaciones nulas, y no tan nulas, pero nadie piensa en mi. No aprecian cómo intento zafarme de sus penurias y temblores. Bastante tienen con sostener la cabeza sobre los hombros. Trato de hacerme notar pero, aún gritándoles al oído al son de una psicofonía metalizada, nadie me piensa. Me utilizan en horario laboral. Los fines de semana, me apartan como a un perro pulgoso o, mejor dicho, como a la pulga repleta de can. Y no es que no me aparten, también, los días de trabajo, es que lo hacen con una violencia desmedida. Pagan sus frustraciones matinales atizándome con sus dedos sin pudor, hasta que logran apaciguarme. Dejan en mis manos su futuro en el trabajo, en la Universidad o, incluso, en el colegio. Hay quienes optan por olvidarse de mí y, cuando me necesitan, denostar a la persona que me escondió en no se sabe qué cajón del armario que habita, solo, en el sótano.

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