‘La casa de Jack’, la Divina Comedia de Lars Von Trier

Lars Von Trier siempre ha mostrado una debilidad especial por retratar el horror humano buscando su belleza implícita. Tanto en ‘Anticristo’ como en ‘Dogville’, exploró la relación entre la brutalidad y la bondad, tendiendo a los extremos como forma de explicar lo que sucede en la psique de unos personajes que acaban sumidos en su propio veneno. En ‘Melancolía’ y las dos partes de ‘Nynphomaniac’, en cambio, se dedicó a perturbar desde la imagen, bastante más contemplativo y retórico, pero tratando de componer un método en el que cupiesen las dos maneras de escribir sobre el tema. Algo así como la Teoría del Todo llevada al cine. No lo consiguió porque el fondo no podía sostenerse entre tanta extravagancia formal, entre tanta sombra. Ha tenido que esperar varios años, pero parece que por fin ha encontrado la fórmula en ‘La casa de Jack‘, una epopeya ensayística sobre la condición humana con infinidad de referencias a la Divina Comedia. De hecho, es una adaptación no reconocida de la obra de Dante Alighieri. A un ser humano cualquiera le obsesionan los límites, ya sea porque quiere encontrarlos para trascenderlos o porque no quiere ni oír hablar de ellos. Del mismo modo, a un arquitecto le obsesionan el equilibrio y los materiales. Von Trier, para aunar estas dos vías en el mismo discurso, ha optado esta vez por el retrato que no es necesario explicar, porque cuando te has recompuesto del primer golpe, resulta que tienes la cabeza reventada.

La casa de Jack

A este juego lo apuesta todo Von Trier para hablar sobre la perturbación que se desarrolla en los que encuentran belleza, no sólo en la muerte, sino en el método sádico de mostrarla. Digamos que en todo lo capaz de alterar la naturaleza humana mientras sirva como certeza para intenta comprender el mal (o la falta de amor) como parte de la existencia. Nosotros somos la obra de nosotros mismos, es decir, del artista que llevamos dentro. Sobreponerse al morbo de la violencia explícita, superar el dolor y descender a los infiernos para saber quiénes somos. ‘La casa de Jack’ posee la complejidad narrativa de los iconos -de esto también discurre Von Trier- y se empapa de ellos a través de sus personajes. No en vano, sus nombres son Jack (hubo un famosísimo sanguinario, portavoz mediático de los psicópatas) y Verge (fue Virgilio el que guió a Dante en los círculos del infierno y el que escribió la Eneida para que la despedazaran). No en vano, Von Trier se abandona durante media hora a la verborrea más cansina que se le recuerda, pero también a la más lúcida, con una constante repetición del verbo tigre-cordero. ‘La casa de Jack’ se nota cómoda en cualquier registro. Primero, en la comedia que existe en el interior de un asesino en serie con un TOC muy severo por la limpieza y el orden. Segundo, en el thriller detrás de cada asesinato. Tercero, en la retórica del discurso fabulesco antes de llegar al clímax. Cuarto, en la fantasía literaria del descenso final.

La casa de Jack

Von Trier conjuga muchas ideas en muy poco tiempo. Diríamos que la metáfora, en algunas ocasiones, hace de esta película un experimento Lynchiano, pero este hace tiempo que se marchó por la senda de lo formal para volarnos la cabeza con cada capítulo de ‘Twin Peaks’. El danés, sin embargo, prefiere atentar contra la salud humana haciendo toda una declaración de intenciones: cualquiera de nosotros, podría haber cometido un crimen durante, verbigracia, la Segunda Guerra Mundial. Cualquiera de los que los cometieron, sin embargo, podrían no haberlo hecho. Lo que nos une a todos es que, en este camino hacia nuestro destino, del que casi siempre somos sus arquitectos y sus ingenieros (dos conceptos que se dan la mano), no es raro pensar en nosotros como en una casa. Cada uno es el hogar de cada uno porque es el único que conoce su realidad. ¿Y de qué estamos hechos si no de las personas que han pasado por nuestra vida?. Ahí está la conciencia, agotada. Ahí está el puente, derrumbado, de la infancia y el amor que no existieron y que ahora castiga a una mente trastornada. Ahí está Jack, un sacrificio para encontrar la belleza de Satán. Lo más alucinante de Von Trier es su capacidad para, retorciendo como retuerce las historias, no perder un ápice de credibilidad en ningún momento.

La casa de Jack

Otra de las decisiones que hacen de ‘La casa de Jack’ una verdadera masterpiece es su empleo de los elementos de belleza universal para tratar de explicar el porqué nos empeñamos en construirnos lo mejor posible, como artistas humanísticos. ¿El asesinato? Puede ser arte, siempre y cuando se le apliquen los códigos de otros como la pintura, la música, la literatura o el cine. Pero puede serlo. No hay impedimento para usar personas en beneficio del mensaje. Jack, en este sentido, lo gira todo a su favor para expandir su psicopatía. No obstante, Verge nunca permite que se pierda y no encuentre la decisión final, en la que tendrá que valorar si es mejor vivir sabiendo quién es o morir intentando vulnerar esa verdad. El único problema que podemos encontrar con este Von Trier es que sobre-explicativo hasta el punto de convertir lo gore en catalizador de su mensaje. Se nota cómo trata de revelar la idiosincrasia del personaje utilizando el plano corto, los zooms propios del found footage y una atmósfera muy cerrada, casi sin profundidad de campo. Jack está aquí, contigo, no te va a soltar hasta que la acompañes al infierno. Es bastante freudiano, pero las relaciones interpersonales son el pegamento existencial, ese material que nos hace ser.  Von Trier propone la excepción del psycho-killer para charlar de tú a tú con Dante y, de una vez por todas, acercarse a su verdadero propósito: explicar una verdad humana desde un plano de anormalidad absoluta. Así, ‘La casa de Jack’ termina siendo una epopeya actualizada, violencia, delirio y crueldad mediante, sobre lo que se escribió en la Divina Comedia en el siglo XIV.

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