Race: El Héroe de Berlín

Ni el fastuoso Jesse Owens es capaz de escapar a las garras de Hollywood. Dirigida por Stephen Hopkins, Race se deja llevar por las convenciones de la gran industria norteamericana, y no sólo eso, sino que se presenta como un ejercicio chapado a la antigua, narrativa y visualmente. Es la biografía de una leyenda, llevada a su mínima expresión -a pesar de sus interminables 134′-, a la imagen del Owens campeón, y no al corazón de sus miedos e incertidumbres. Si bien tiene ritmo, Hopkins se encarga de eliminar el suspense relatando, taxativamente, una trama consabida.

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Hopkins es un director que navega entre el cine y la televisión, entre dos formatos muy distintos, no sólo en tamaño, sino en estructura, ritmo y objetivo. Algo inevitable para el cineasta es poner mitad de cada uno, y es esa mezcla entre telefilme y filme -con algo de documental por el camino- lo que hace de Race un batiburrillo de formatos que únicamente tienen como objetivo reconocer a una de las figuras más representativas del deporte estadounidense. Y como si de una batalla entre dos identidades se tratase -por un lado la gran fábrica de cine, y por otro el germen de la revolución deportiva-, Hopkins se lanza a explorar los inicios del Owens que, años más tarde, dejaría boquiabierto al mundo en los Juegos Olímpicos de Berlín (1936). Lo explora con autocontrol, conocedor de los dimes y diretes de la historia, de la cáscara del proceso, pero no de su alma. Carente de profundidad, la película se sirve de lo fascinante que resulta la realidad para reclamar protagonismo, pero no le hace honor ni a la lucha, ni tampoco al personaje. Toda la épica con la que debería haber cargado sus tintas, se desvanece por querer mostrar todas las perspectivas de una manera dramáticamente superheroica. El tópico detrás del tópico, sin matices, sin personalidad, sin un estilo propio que marque la diferencia con la peor parte de Invictus (Clint Eastwood, 2009). Es en el vértice que compete a Hitler y su odio hacia Owens donde la película gana peso, donde ofrece su mejor versión del relato, pues el resto del mismo vive en la memoria de los que aún buscan la manera de agradecer su proeza al héroe de Berlín.

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Uno de esos pocos que han encontrado el camino del homenaje, ha sido un discreto y eficiente Stephan James. Cada gesto, actitud y zancada, son para el recuerdo de su personaje; el protagonista absoluto de este descafeinado biopic. Gracias a su trabajo, el espectador podrá revivir aquel verano de 1936, cuando no sólo se atrevió a mirar cara a cara, sino que desmontó toda la concepción de la raza aria que Goebbels y Hitler se habían encargado de hacer prioridad.

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Race es la fotografía desenfocada en la que se percibe la grandeza del ejecutor, pero en la que también se aprecian sus ganas por mostrar toda la panorámica. Hopkins peca de narrador estándar, cuando bien podría haber colocado a Owens en el Olimpo de las mejores biografías cinematográficas del último siglo. La historia y su recuerdo, lo merecen.

Sean felices.

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2 comentarios en “Race: El Héroe de Berlín

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