Peter y el Dragón

Sorprende, cuando menos, que en la fase en la que se encuentra el cine creado por Disney, éste se apiade de sí mismo y abandone los dispositivos para embaucar al público medio. Más si se atiende a la propaganda que vendió The Jungle Book (Jon Favreau, 2016) como la reinvención del maridaje entre acción real y creación CGI. Sin embargo, el estudio ha permitido -esta vez y en lo que parece una suerte de oasis cinematográfico- que David Lowery deposite en Peter y el Dragón el corazón y la ilusión de un niño que, convertido en padre, sigue creyendo en los cuentos sobre dragones y fantasía. El simplismo narrativo hace de ella una cinta disfrutable para los más pequeños y, no menos importante, agradable para el adulto que busque una historia de aventuras sin pretensiones.

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Sabedor de sus posibilidades, Lowery le proporciona tres sustratos a su película que bien podrían convertirse en las tres generaciones que ésta tiene como target principal; el de un Robert Redford idealizado, narrador de historias al calor de una hoguera; el de Bryce Dallas Howard, una pseudo-madre escéptica entregada a la causa de un pequeño salvaje; y el de Oakes Fegley, el joven sin escrúpulos que necesita el calor de la amistad para reducir los obstáculos de la infancia al mínimo posible. Peter y el Dragón mantiene la estructura sencilla de un cuento que no rompe el canon preestablecido, pero sí deja pinceladas de un ejercicio artístico por encima del estándar. Y es que, más allá de lo previsible que pueda resultar el juego de luces y sombras con el que la cinta busca su hueco en el espacio/tiempo, no supone un esfuerzo acompañar a Elliot y al joven Peter en ésta aventura. Sumida en una atmósfera antigua, como homenaje a las grandes gestas del cine fantástico de los años 80, la cinta explora mundos conocidos pero con una delicadeza especial, casi mágica cuando emite el latido con el que, de manera irremediable, acaba conquistando al espectador. Precisamente, se hace grande a golpe de matices y detalles, sin la grandilocuencia de los altos vuelos que viene orquestando la compañía de un tiempo a esta parte, recuperando la esencia, el significado y la inteligencia. Quizá no supere todas las barreras emocionales que se dispone a atravesar, mas tampoco desafía a aquellos jueces y verdugos que no quieran ver más allá de la superficie, del entrañable clásico familiar; les invita a pasar y descubrir de qué son capaces en hora y media de imaginación a pequeña escala.

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Resulta alentador que el cliché se torne un vehículo con el que alimentar la épica de una historia que, bien mirada, apenas la conserva. Peter y el Dragón extiende su poder visual desde un nostálgico atardecer hasta la llamarada más inofensiva de su protagonista. Lowery controla el tono melancólico y no permite que la película navegue por un mar embravecido como es el de los remakes desvergonzados. De hecho, se podría considerar el nuevo paradigma de por lo que debe apostar una adaptación de éste tipo en una época en la que el precipicio de la vacuidad tiene en nómina a cada vez más proyectos.

Sean felices.

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