Star Trek Beyond

Aún se desconoce si Justin Lin, al igual que lo es Zack Snyder con DC Cómics, es un obseso del universo trekkie, más del clásico televisivo que de lo que después ha llevado a la gran pantalla J.J. Abrams. Pero existen pruebas, todas ellas mostradas en Star Trek Beyond con ritmo narrativo y el efectismo de antaño, de que sí ha conseguido el prototítulo de ‘presunto fan’. Siempre apoyado en vehículos diplomáticos que funcionan como ese hijo al que sólo le hace falta convencer a la mitad de sus progenitores para conseguir lo que quiere. En este caso, el motivo de homenaje es la Generación Trekkie por excelencia, la que creció tratando de juntar el índice con el corazón y el anular con el meñique para anunciar “larga vida y prosperidad” al primero que mirase de soslayo.

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El equipo de guionistas liderado por Simon Pegg ha sabido construir una historia sobre absolutamente nada con la que tocar la fibra sensible del fan irredento, con la que regresar a la esfera de unos años 60 que se reflejaron en sus ideales como un prisma con el que romper ciertas fronteras. Sin embargo, Star Trek Beyond tiene un elemento nihilista, incluso poético, como homenaje a su propio universo, a la chispa neuronal que atiborró de utopías a aquellos niños que ya soñaban con tocar el cielo. Una película que con los días pasará al olvido, como ya lo hicieron algunos de los míticos episodios de la serie original, pero que muestra una enorme capacidad para dominarse a sí misma y servir de entretenimiento para todos los públicos. No es casualidad que haya sido Lin, un director cuya debilidad reside en la pausa y cuya fortaleza encuentra su oxímoron en las persecuciones -esta vez interplanetarias- y los combates cuerpo a cuerpo, el encargado de romper la trayectoria que hasta ahora le había dado Abrams a su particular proyecto. Y todo para recuperar el leitmotiv de la franquicia original: explorar nuevos mundos y descubrir nuevas formas de vida. Quizá se permita demasiado esta tercera entrega, jugando con el cliché como parte de un todo generacional que disimula la enésima muerte del Enterprise con versos de Shakespeare, la idiosincrasia de la Federación con la inolvidable expresión de Leonard Nimoy. Y es que no ha sido concebida para ir más allá, sino para recordar, para trazar un círculo, anclarse al eje central y girar sobre el mismo: la nostalgia.

Left to right: Zachary Quinto plays Spock and Karl Urban plays Bones in Star Trek Beyond from Paramount Pictures, Skydance, Bad Robot, Sneaky Shark and Perfect Storm Entertainment

Un viaje en el que Star Trek Beyond encuentra en Stranger Things (Ross y Matt Duffer, 2016) a su hermana biológica; con ella comparte el gen del fan service como una oda a la infancia del nerd representado por Chekov, el personaje del difunto Anton Yelchin. Lin acuña el símbolo para quedarse a vivir en él y, de camino, ser el anfitrión que, invadido por su propia hiperactividad, agasaja a sus invitados con trofeos y fotografías de tiempos pasados. La reedición del estándar de ciencia-ficción, la mejor excusa para amortizar la puñalada de un generoso cubo de palomitas recién hechas.

Sean felices.

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