La Leyenda de Tarzán

A caballo entre la tradición del clásico literario y la paradójica modernidad de unos efectos extrañamente anticuados, La Leyenda de Tarzán quiere ser tantas cosas que, como los niños de los que hablaba Jim Morrison en The End, acaba inmersa en una insana locura. David Yates ha diseñado al Rey de lo Monos más incongruente que se recuerda, haciendo más cierto el rumor de que en la cadena de reciclaje, el plástico y los deshechos orgánicos siguen el mismo camino. Es decir, que separarlos previamente no tiene ningún sentido, algo así como los movimientos de un personaje que, en lugar de volar por las lianas con la soltura de su familia selvática, aparece corrompido por una casta que los Clayton -sus padres biológicos- siempre buscaron evitar.

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Es inevitable pensar que esta reedición del clásico creado por Edgar Rice Burroughs es la más oscura y a la vez más primitiva, no obstante existen ciertos elementos que hacen referencia a una suerte de reflexión filosófica sobre la naturaleza del hombre en sociedad, sobre las debilidades que convierten a la razón en una ira insondable. El problema es que toda la cáscara que recubre la causa social, el dominio de la esclavitud, la pólvora y el plomo, incluso el regreso de ese espíritu a la selva que le vio crecer, está hipertrofiada por su verdadera premisa: la eterna historia del héroe y la damisela, del villano simplón que enciende la mecha del Apocalipsis y se olvida de cerrar la llave del gas. La Leyenda de Tarzán intenta eludir al convencionalismo del guión escrito por Stuart Beattie, Craig Brewer, John Collee y Adam Cozad, con una cámara que se encierra en los primeros planos, en transmitir sensaciones que resultan obvias a ojos del espectador, en agasajar a todos aquellos que siempre hayan querido disfrutar de la versión más despampanante de los nuevos Clayton. Yates sube la apuesta con ritmo, acción y múltiples enfrentamientos, con el seguimiento casi ininterrumpido de un viaje protagonizado por obstáculos de papel y el Major Marquis Warren de Samuel L. Jackson en The Hateful Eight con una identidad distinta. Sin embargo, las cartas del cineasta son demasiado evidentes como para fabricar una jugada maestra, por lo que la partida termina encontrando el paralelismo con la de aquel conformista que conoce la derrota pero se empeña en hacerla complicada. Una película que, en la búsqueda del factor diferencial, pierde la esencia del Rey de los Monos, esa ternura con la que se mima a un hijo sin término ni condición.

YEEPA

La Leyenda de Tarzán es tan autodestructiva que quizá no tenga razón de ser más que por su capacidad para retratar a un ser humano capaz de volver sobre sus pasos, acariciar sus orígenes y quedarse a vivir en ellos. A ratos tediosa y casi siempre previsible, la película hace lo imposible por entretener, por servir de comidilla para las grandes familias, pero los lazos que unen cada subtrama son tan débiles que al espectador que se proponga deshacerlos le bastará con susurrar el icónico grito que encontró en Johnny Weissmuller a su mejor voz. A grandes rasgos, Yates ha conseguido que la historia no sólo no sea recordada por su trasfondo, sino que tampoco lo sea por su presunta belleza formal.

Sean felices.

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