Demolition

Capaz de amoldar su talento formal a la deconstrucción del ser humano, Jean-Marc Vallée se sumerge en la metáfora para ofrecer una visión única de la desorientación que producen los golpes repentinos del destino. Demolition es el paradigma del reinicio, de la regeneración interna, casi freudiana, que sufre la conciencia cuando la vida sacude sus tentáculos con fuerza. A velocidad crucero, el espectador asiste a la lucha de una suerte de Ulises por encontrar el rumbo, no sólo para que las henchidas velas incrementen la velocidad del bote, sino para responder a sus propias inquietudes, a la curiosidad que despierta el no reconocer hábitos, conductas y muecas propias.

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Demolition es un experimento humanístico tan intenso, frío y certero, y con tantos nudos argumentales, que es inevitable pensar en las miradas y los roces entre Bill Murray y Scarlett Johansson en Lost in Translation (Sofia Coppola, 2003). Vallée conquista la cámara con la belleza conceptual, la pretensión y el juego enigmático de un Jake Gyllenhaal en estado de gracia, como quien, sabiendo de su pedantería, se apoya en un relaciones públicas para que su negocio reporte beneficios. No obstante, lejos de perderse en el análisis espiritual del ser humano, cercano a la filosofía más indie del siglo XXI, el director logra que la película no se desprenda de la premisa literaria con la que embauca al público: la metáfora adornada con surrealismo. Un maridaje de complicado entendimiento y más aún resolución, pero que ha encontrado en este relato a su máximo exponente. Si bien es cierto, Vallée juega con la contraposición entre la delicadeza de los planos que no dicen nada y la contundencia de un personaje que acapara luces, sombras y puertas cerebrales entornadas. Pero ello no produce un efecto negativo, sino que muy al contrario, realza la capacidad del cineasta por traducir al lenguaje cinematográfico el laberíntico guión escrito por Bryan Sipe. El mayor problema de Demolition no es que la condescendencia se convierta en empatía, sino que la evolución del proceso encuentra demasiados obstáculos para que el público experimente la montaña rusa, la demolición interna de un hombre que sólo necesita encontrar respuestas. Quizá la excusa sea pobre, sin embargo, el distanciamiento entre la realidad de las cosas aparentemente insignificantes y lo reluciente de lo aparentemente importante se juntan en esta cinta como dos afluentes que salpican, desbocados, a los domingueros ajenos a lo absurdo y dramático de una vida repleta de rutinas.

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La huella de Vallée queda perfectamente sellada en este ejercicio excéntrico e instalado en la contracultura, que bordea los elementos formales de un cine más parecido a la emoción que siente un niño cuando descubre que el yoyo puede bajar y subir sin aparente esfuerzo. Demolition se balancea con los nervios de que el hilo central se descuelgue y sentencie los puntos de inflexión al olvido, al saco roto donde el personaje de Gyllenhaal muestra su indiferencia, su estado más extravagante. Y es precisamente bajo este concepto, que esconde a los seres que transitan por rutas completamente distintas de las convencionales, donde la película -y también su protagonista- encuentra su definición: la confesión no está reñida con la destrucción de ideales y costumbres, sino con desatender a quien cuida de ellos con pequeños gestos de amor y devoción.

Sean felices.

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