Expediente Warren: El Caso de Enfield

James Wan demuestra, por segunda vez, su calidad de experto liberado de las ataduras de la industria, ese que entrega todo su talento al servicio del género y mueve los hilos de la magia del susto con inteligencia y sin ambages. Expediente Warren: El Caso de Enfield se concentra en la víspera, en el momento previo a que se desate el terrorífico destino que el cineasta le tiene preparado al público. Sin temor al cliché, la portentosa habilidad narrativa de Wan coge las riendas de la película para convertirla en un relato turbador, para cerrar la mano y aplicar tensión sobre la garganta de un espectador que experimentará, con más o menos agitación, el poder del silencio sordo.

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Expediente Warren: El Caso de Enfield encuentra en The Exorcist (William Friedkin, 1973) a su referente principal, retorciendo cada secuencia, buscando ese terror afilado, directo a la boca del estómago que se bate en duelo con el orgullo del espectador por no elevarse sobre su butaca, por aguantar la mirada entre los minúsculos resquicios que dejan los dedos en acto reflejo. Wan exhibe su dominio del escalofrío con crudeza, gran fuerza visual y la atmósfera opresiva que habita en cada movimiento de cámara, en cada certero plano secuencia. No renuncia a su estilo neoclásico, sin embargo, ésta secuela decide olvidarse del formato documental para que el ritmo del blockbuster le invada, para reinventarse sobre los tópicos del género de una manera atronadora. Como un juego de sombras incisivo en el que se establece un patrón de duda, inquietud en torno al que gira todo el engranaje de cruces invertidas, posesiones a la carta y decisiones monoteístas. Precisamente, ese aroma a azufre que desprende la película es el que la convierte en un elemento realmente turbador, en un recuerdo imborrable con la lámpara encendida, en una realidad palpitante cuando ésta deja de alumbrar. Un juego psicológico en el que Wan presenta todos los ingredientes sin importarle que éstos sean descubiertos por el espectador, desinflando las expectativas hacia un final del que no es culpable. No lo es porque el cineasta conoce lo que necesita el público, empatiza con el pavor que produce enfrentarse a la tez mortecina de una monja que tuvo días mejores. Y no duda en equilibrar los funcionales convencionalismos con The Clash llamando a las puertas del infierno londinense. Una personalidad superpuesta en el espeluznante prólogo de Amityville, el posterior interludio a las órdenes de Joseph Bishara y la estocada final con un puñal de agua bendita.

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Existe un paralelismo entre Wan y el trasnochado Ed Warren de Patrick Wilson. Y también entre la diligente Lorraine Warren de Vera Farmiga y el público. Y es que el cineasta es la única salvación que le queda al género de terror, la única visión que todavía no se ha visto corrompida por el espíritu de Hollywood. Capaz de ofrecer un camino en el que si crujen las ramas de los árboles y las bandadas de pájaros se amedrentan es porque “la noche es oscura y alberga horrores”.  Expediente Warren: El Caso de Enfield es la película de terror servida en bandeja para el fan service. Para los que ansían ver, sufrir y recordar el sabor del miedo en las noches de vigilia, cuando la tenue luz de la luna apenas ilumina el rostro de los fantasmas que se esconden detrás de la puerta.

Sean felices.

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