Warcraft: The Beginning

Es innegable -y cada año lo ratifica con alevosía- que Hollywood está a la vanguardia, no sólo del cine, sino también de varios aspectos sociales. Bebiendo del algoritmo que da vida a redes sociales como Instagram, la industria mantiene esa inclinación por las películas en las que la pomposidad visual no es más que un pretexto, una llamada a los fieles seguidores de sagas moribundas o, simple y llanamente, que no dan para más. Lo que ocurre con Warcraft y con su director, Duncan Jones, es que pretenden unirse a esa lista de proyectos de-cara-a-la-galería pero sin ser indecorosos con el género, emulando a iconos cinematográficos como Lord Of The Rings. Aunque suben a la palestra con un discurso de desarrollo escalonado, ello no es suficiente como para llenar el molde.

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Warcraft es la obertura genérica a una ópera todavía desconocida, pero que muestra visos de desesperación por formar parte del selecto grupo de fábulas medievales. El gran acierto de Jones es que la película está educada para obedecer a su batuta, para no edulcorar la trama con fanatismos que traspasen las gruesas capas que componen este universo. Sin embargo, ese pseudo-egoísmo la convierte en un aria en la que el cineasta demuestra comodidad actuando como solista y dejando que el resto de elementos mitológicos dancen sin personalidad. Y es aquí, tras la primera media hora, donde se encuentra el único punto de inflexión de la película: la falta de profundidad con la que está diseñada. Tan poderosa es la llaneza narrativa de Warcraft, que la horda de efectismo en la que habita manipula a la historia hasta convertirla en un simple compendio de batallas rodadas con exactitud, en las que termina reinando el ridículo y la indiferencia. Jones no sólo encuentra en Game Of Thrones a su particular aliada espacio-temporal, sino que también busca el estilo de Whedon en The Avengers, ese aspecto pictórico que permita respirar de alivio a los espectadores más escépticos y encuentre, entre las hectáreas de Azeroth, a su colorido ejército de combate. Como aventura se antoja fatigosa, sin un eje de concordancia entre la estructura y el ritmo, sin la fuerza necesaria como para trascender. Y como fiel adaptación, queda mermada por el torpe maridaje entre los personajes de acción real y las creaciones CGI. Warcraft funciona desde la épica, aunque por un tiempo muy reducido.

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Jones, quien ya demostró en Moon (2009) que la soledad del genio es un síndrome posiblemente hereditario (David Bowie era su padre), no trata de reinventar el género con el hipertrofismo heroico que caracteriza a su embrión cinematográficosino que le añade otra pieza con la humildad, la honradez del que no busca sustituir el aspecto lúdico por una pretensión argumental que no encuentre lugar entre hechiceros, orcos y caballeros medievales. Las expectativas de Warcraft deben mantenerse en el fondo del bolsillo, como las manos de un músico virtuoso abocado al fragor de la melodía que, décadas atrás y bajo la dirección de otrora su mentor, levantó el aplauso del público.

Sean felices.

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