X-Men: Apocalypse

Desde que inició su andadura en la gran pantalla, X-Men ha navegado a su propio ritmo, alejado de los focos marvelitas -con la indudable ayuda de 20th Century Fox-, como el aventurero que confía más en su intuición que en los pasos de los sabios. Fiel reflejo del quiero-y-no-puedo, Bryan Singer se encomienda a la entraña de ese viajero solitario que, tras poner sus capacidades a prueba, regresa a casa con el rabo entre las piernas. Y es que X-Men: Apocalypse es el experimento fallido, la brújula que comienza a temblar al acercarse a un campo magnético, la muerte por exceso.

jovenes mutantes

Ambientada en los 80, pero sin ofrecer nada que lo refute, la película se encierra en el paradigma de la grandilocuencia visual, del reclamo reluciente que, bajo las capas de purpurina, se descubre acartonado. X-Men: Apocalypse es un trampolín para el reinicio de una saga que termina su segunda trilogía en el sótano y maniatada. Un sinsentido tras otro, una trama sin contenido que deposita toda su confianza en lo efectista, en los poderes de unos mutantes que nadan para morir en la orilla de la intrascendencia. Experto en fuegos artificiales de gran factura técnica (y económica), Singer presenta a un villano chapado a la antigua pero atiborrado de maquillaje y deformadores vocales. Un auténtico espectáculo en el que la acción está bien rodada, que arrasa pero sin saber muy bien por qué ni hacia dónde. Y es aquí donde reside uno de los mayores problemas de X-Men: Apocalypse, en no saber gestionar su poder. Invadida por un ritmo tedioso, el entretenimiento se torna previsible, la destrucción se hace hueco como quien hunde el codo en el costado del vecino para acomodarse en el metro y todo queda relegado a un segundo plano donde, casualmente, reina el caos narrativo. Otro de los obstáculos que encuentra la película es, paradójico, en el que se pierde Singer: impedir que el espectador aparte la mirada de la pantalla. Superflua, poco original y nada verosímil, esta tercera entrega emborrona el gran trabajo argumental de Días del Futuro Pasado, ya no sólo por su falta de intensidad y entraña, sino por un craso error argumental. Resulta significativo que la película mantenga la linealidad por bandera, que de la sensación de cada secuencia está medida al milímetro para, además de no aportar mas que breves momentos de diversión, inducir a la mitomanía. Y es que se ha confirmado que legitimación de las novelas gráficas tiene en el guión de Simon Kinberg a su particular azote. De hecho, el poder de X-Men: Apocalypse reside en su calidad de plataforma para la presentación de los nuevos Jean Grey, Scott Summers o Rondador Nocturno. Es decir, una excusa para llamar a las armas a todos los acérrimos que quieran unirse al Rey de los blockbuster más simples hasta la fecha.

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La inconmensurable interpretación de Oscar Isaac no evita que su Apocalipsis recuerde al clásico villano de principios arraigados, dialéctica deficiente y aspecto irrisorio, como ese falso líder que aprovecha las debilidades de los demás para su propio beneficio y, después, se revela como fraude. Siendo la primera vez que un villano hace aparición en los dominios de la Patrulla X, la ocasión queda desaprovechada con alevosía y conocimiento de causa. Singer aprovecha su libertad contractual para jactarse del mutante que estaba destinado a crear: el Apocalipsis argumental. Ni tan siquiera los intensos Michael Fassbender, Sophie Turner y Evan Peters, protagonistas de los mejores momentos, son capaces de solventar el principal problema de X-Men: Apocalypse: el tamaño de las subtramas.

quicksilver

La cinta carga con el lastre de estar diseñada por un director que, sin abandonar su estilo, se inclina hacia las preferencias industriales, hacia la banalidad de su premisa: que se olvide fácilmente, sí, pero que entretenga. No obstante, Singer la somete a una espiral narrativo-estructural de la que poco se puede disfrutar, por lo que X-Men: Apocalypse termina siendo una victoria para la anárquica forma del cineasta, y un entierro para el fondo cinematográfico de Marvel.

Sean felices.

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