El Olivo

Las veces que el cine español ha maravillado a propios y a extraños, ha sido por saber equilibrar la identidad de sus personajes con la intensidad de la trama, con esa personalidad que transmite, verdaderamente, los valores de un país. En El Olivo, Icíar Bollaín ha sabido darle ritmo a un drama familiar sobre las lealtad y herencia, sobre la necesidad de aferrarse al último vestigio terrenal de un ser querido. La premisa rompe las fronteras de esa identidad, pero es aquí donde aparecen sus personajes para controlar la situación y hacerla propia, con el inconformismo de quien busca resarcirse cuando la vida parece arrebatarle un pedazo de su infancia.

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La vuelta de Bollaín a la gran pantalla está enmarcada en un drama transparente, que expone toda su intimidad en el primer vis a vis que tiene con el público. El Olivo es intensa desde la seguridad de sus movimientos, desde el saber a qué se enfrenta cuando se entrega al drama aventurero en primera instancia,  y a la necesidad en último término. La necesidad de pertenencia a alguna parte, de mantener encendida una llama que la vida quiere consumir a toda costa. Es eso lo que envuelve a Alma, la protagonista: una chica de 20 años empeñada en realizar algo que valga la pena, en sentirse útil enseñando un pedacito de vida mientras emprende un viaje, no sólo hacia el olivo, sino hacia sus entrañas. Paul Laverty escribe un guión con varias dimensiones -como ya consiguió en También La Lluvia-, que no se deja invadir por subtramas cercanas al retrato populista, que hace mención a la actualidad en un pasaje tan breve que resulta imperceptible. La fórmula es sencilla, pues coloca al héroe dentro de un conflicto que en ningún trazo de la película pierde verosimilitud. Mas bien al contrario, El Olivo se convierte en un elemento natural en el que el maniqueísmo de alguno de sus tramos está equilibrado, hasta el punto de perder esa etiqueta por el camino. En aras de la trascendencia, Bollaín desenreda la madeja con maestría, paulatinamente, elaborando un mecanismo universal, vital y en el que identificarse es casi el decreto ley de la cineasta. Porque si algo llena la atmósfera de la película son esas raíces que, una vez arrancadas sin compasión, se elevan por encima de la tierra, buscando alguna conexión que le devuelva a su lugar.

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Anna Castillo, Javier Gutiérrez y Manuel Cucala demuestran haber estudiado con ahínco los entresijos de sus personajes, lo que les mueve tras cada suspiro: la primera como representación de una generación diferente, una generación dispuesta a cualquier imposible con tal de no perder el norte de su herencia familiar. El segundo, embarcado en la ruina que dejó la crisis tras de sí, en un viaje por recuperar una parte perdida en el vaivén de la supervivencia. El tercero, en el último estadio de la vida, alejándose de la tierra donde puso su vida. Tres generaciones que permanecerán en la memoria del espectador mucho tiempo después de ver El Olivo. Son tan reales como los protagonistas de un documental.

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Laverty y Bollaín vuelven a demostrar que, mejorando la forma, el fondo es capaz de maravillar sin renunciar a la emoción. El drama es maravilloso y la aventura trepidante, pero es el montaje -donde no parece sobrar ningún plano- el que hace pensar en aquellas veces que, por miedo al riesgo, se pierden las grandes cosas de la vida, el origen de todo lo que alguna vez podamos llegar ser.

Sean felices.

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