Jane Got A Gun

La herencia recibida de los westerns de persecución, asalto, tiroteo y final heroico, con más o menos psicología, con más o menos inocencia, no termina de asentarse en el esqueleto estructural del nuevo siglo: menos acción, secuencias sopesadas con un entramado argumental bastante menos inteligente de lo esperado, en definitiva, con la pólvora mojada y la mitomanía por bandera. Jane Got A Gun quiere que la profundidad de sus personajes, la fluidez de su premisa y el valor de Gavin O’Connor se eleven por encima del género. El problema es que todo ello sufre una metamorfosis excesivamente calculada como para resultar emocionante.

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La película, instalada en el tedio, es sólida, pero adolece de puntería a la hora de establecer su propia escala de grises. Es esa pretensión por lo oscuro lo que la hace insignificante, lo que deja entrar la suficiente luz como para que el público se de cuenta que, tras el incipiente desafío, sólo hay una huida despavorida de los fantasmas del pasado. O’Connor rueda con topes el guión de Brian Duffield, topes que tienen más que ver con la forma que con el fondo, pues este último no deja de ser el clásico elemento de distracción para el espectador que busca la satisfacción en la ira de un revólver. En su búsqueda por la sencillez, Jane Got A Gun no es más que un relato simplista que se cree su propia mentira: reinventar el género por tener a una mujer como foco central de la trama. Construida sin riesgo, sin cohesión entre lo que dice y lo que quiere decir, la premisa se ahoga en su insistencia por ser adulta, por evocar a la otrora invencible venganza del western clásico. Ni la correcta fotografía, ni tampoco la intensa BSO convierten a la pequeña historia de Jane en algo más que un melodrama inverosímil. Uno de los grandes baches de Jane Got A Gun es que no escapa a la sensación de estar hecha por contrato, de proyectar una rutina tras otra sin importarle las consecuencias. Y es eso lo que, en última instancia, lastra sus posibilidades por dejar a un lado la estirada cocción del desenlace, y centrar sus miras en no dejar respirar al espectador, en satisfacer sus ganas con una aventura entregada al género.

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Precisamente, la autocomplacencia de O’Connor se lleva por delante a las interpretaciones de Natalie Portman y Ewan McGregor, ambos desacertados, ambos escépticos de su propio personaje.  El gran trabajo de un metodista como Joel Edgerton no es capaz de darle credibilidad al conjunto, y ello hace sufrir tanto al actor como a su premisa. Si el guión es una simpleza y los personajes, aunque busquen su lado más taciturno, se quedan en el claroscuro menos agradecido, es predecible que la venganza no pueda consumarse.

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Jane Got A Gun guarda más similitudes con el drama trasnochado que con el western, y O’Connor lo deja claro cuando, a pesar de las secuencias de violencia coreografiada hasta la extenuación, sustituye el protagonismo de los páramos del Oeste por la dialéctica de unos personajes vacuos, que no encuentran su lugar entre lo áspero de la tierra.

Sean felices.

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