Trumbo

Una de las funciones más gratificantes del cine es la de trasladar al espectador a otra época, donde imperan otras costumbres y el vestuario está perfectamente alineado con la historia. En Trumbo, el público asiste al relato cronológico de la Guerra Fría entre Dalton Trumbo y EE.UU., entre el Comunismo y el Capitalismo, entre la prevención y la ignorancia. Jay Roach dirige con ritmo el guión de John McNamara. Un guión finalmente consumado, después de su alocado primer acto. Todo funciona mejor cuando la cámara se acerca, brevemente, a la intimidad del personaje encarnado por un Brian Cranston instalado en el exceso.

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Roach tiene en la repetición su mejor baza. Y es que el director, de la mano de McNamara, enmarca la historia en el eje cronológico desde que el protagonista es el guionista mejor pagado de Hollywood, hasta el final de su carrera, pasando por los malabares que realiza para salir airado de la caza de brujas anticomunista. Nunca se ve al Dalton Trumbo decepcionado, cansado de luchar, incrédulo ante lo que vive. No. Se muestra al Trumbo más macgyveriano, haciendo pactos, lanzando sarcasmos e inhibiendo la ignorancia de sus captores con diálogos inteligentes. Lo que se traduce en una acertadísima elección para narrar una de los capítulos más bochornosos de la industria cinematográfica. Resulta paradójico apreciar que, al contrario que el personaje retratado -no en su connotación peyorativa-, la película no goza de suficiente carácter como para ser definitiva, como para poner todos los puntos sobre las íes y declararle la verdad a la democracia. Trumbo busca la honestidad, parece que se enquista pero sale a flote continuamente -como ocurría con las películas escritas por el guionista-. Lo que ocurre con esta película, es similar a lo que ocurrió recientemente con The Big Short, pues Adam McKay también venía del cine desenfadado, de humor simple y sin ataduras estructurales. Roach educa a su película para que sea la mente de Trumbo quien domine la escena, para ponerle imágenes a la sátira del autor y mostrar, de una vez por todas, que los melodramas se digieren mejor si hacen pensar. Un biopic bien estructurado, ejecutado como un homenaje a la sutileza del escritor y como un retrato -ahora sí, en su connotación peyorativa- del Hollywood de los años 40 y 50. Y es por ello, precisamente, por lo que está narrado desde la linealidad temporal, algo que para los escépticos del cine biográfico es deleznable, pero que para el público servirá de gran ayuda.

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En muy pocas ocasiones, un actor tiene la oportunidad de encarar a un personaje sobreactuado de por sí. Y en muy pocas ocasiones, Cranston tendrá la oportunidad de interpretar a otro Trumbo; desmesurado, lleno de muecas, tabaco y tinta, con un bigote que roza lo ridículo cada vez que arruga la comisura de los labios. Ese Trumbo que nadie, salvo las viejas glorias de Hollywood, conoce, pero que todos aprecian como si alguna vez hubiesen formado parte de sus peripecias. Cranston tiene la esencia de aquella época y lo demuestra cada vez que emite su veredicto ideológico.

Trumbo

La energía de los primeros compases se desvanece cuando McNamara entra en materia, no obstante la compensación del ritmo por la información es justa y necesaria. Es cierto que en Trumbo se experimenta una modificación, que nada tiene que ver con el factor veraz de la biografía, pero funciona tan bien que no merece la pena adentrarse en detalles que, para todo aquel que quiera descubrir los entresijos del peor Hollywood, no tendrá la menor importancia.

Sean felices.

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