Mon Roi

Si hay algo que caracterice al cine de Maïwenn Le Besco es su exuberante estilo. Un estilo que pretende ser realista, mas deja en evidencia su no capacidad para darse cuenta de que no es lo mismo ser realista en el set, que en el encuadre. Y ese es el leit motiv que marca Mon Roi, un drama romántico educado en el exceso, en la abundancia de elementos incoherentes, tramposos y excesivamente narcisistas. No hay contención, ni trasfondo, ni tampoco importancia en la historia. Es, simple y llanamente, el relato atemporal de un amor tan sofocante como extraño.

MON_ROI_Still

Le Besco se esfuerza por involucrar al público constantemente, para que sienta aquello que, teóricamente, experimentan los personajes. El problema es que ni sus gestos, ni sus palabras invitan a la empatía, sino que reproducen una sensación de arrepentimiento y felicidad, de cielo e infierno, al mismo tiempo y de forma intrascendente. Mon Roi es un melodrama tan desesperado por gustar, por romper con los arquetipos del género, que se olvida de la faceta verosímil, esa que habría metamorfoseado a la trama en algo realista, dentro de lo mundano que resulta su premisa. No hay historia, no hay reflexión ni tampoco esa metafísica con la que el guión trata de apañárselas; es un ensayo intenso y violento por responder a la gran pregunta del género romántico: ¿hasta dónde llega el amor, y dónde comienza a ser enfermedad? El objeto está claro y los personajes emprenden el rumbo, pero el público no capta más que una sucesión de secuencias vacías, explícitamente gratuitas y demasiado ruidosas como para, con todo y con eso, pasar desapercibidas. Con un trabajo visual delicado y bien compuesto, Mon Roi está mal construida narrativamente, no expresa nada si no es con ese halo obsesivo de sus personajes, está sometida a una vorágine de descontrol absoluto, a un estancamiento solapado de intensidad y simplismo con el que Le Besco pretende mostrar un romance vivo, que en realidad está muerto. El histerismo del viaje que propone el argumento, sólo funciona como eso, histerismo. Se comete un grave error al presuponer que toda pasión es enfermiza, que el viaje desde el primer beso a la ruptura es desgarrador, que el realismo está en los poros de dos personajes que, lamentablemente, sólo exploran la “ruta prohibida” del amor, esa en la que, como el camino insondable, se acaba despeñando todo aventurero.

Georgio (Vincent Cassel) und Agnès (Chrystèle Saint-Louis Augustin)

A pesar del despliegue que ofrece Emmanuelle Bercot, sufridora de esa ruta, mitad idealista, mitad pragmática, Mon Roi no está equilibrada. Sin embargo, se disfruta de sus recuerdos, de ese esfuerzo por parecer real y no un simple retazo de lo que significó la relación, de lo etérea que es ahora, años y accidentes después. Hacía tiempo que no se veía a un Vincent Cassel tan descontrolado como en Irréversible (Gaspar Noé, 2002), aunque aquí esa esencia de autocontrol impotente, no parece ser primordial, sino un aditivo superficial.

monroi

Es una pasión extraña la que manifiesta Le Besco, cerebral y a la vez idílica, irreal. Ya no en contra de la verosimilitud, pues serán pocos los que se identifiquen con la azarosa historia de estos dos amantes, sino por lo superfluo de su propuesta, por lo insignificante que resulta para los relatos sobre realidades humanas.

Sean felices.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s