Julieta

El cine de Almodóvar, que encontró en Todo Sobre Mi Madre (1999) y, más tarde, en Volver (2008) el punto de inflexión en su estilo formal, vuelve a ponerse en la piel del melodrama turbador, bien condensado, que va construyéndose a sí mismo con silencios e incertidumbres. Julieta es una película que vive su propia metamorfosis a lo largo de 96′, resistiéndose cuando es una crisálida, para terminar explorando el deseo de culpabilidad con primeros planos intensos y un aroma al Hitchcock de Suspicion (1941) y Spellbound (1945), aunque algo menos inteligente.

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Basada en las antologías de Alice Munro (Destino, Pronto y Silencio), la película funciona como un ente a parte, inundado de las formas almodovarianas más coherentes y densas que haya experimentado el cine del director manchego. Con Julieta, el espectador tardará casi una hora en darse cuenta de que se enfrenta a una película adulta, madurada con mimo y tiento, formada desde múltiples piezas no aptas para los verosímiles. Y en ello se descubre un paralelismo con la obra de Hitchcock, pues la historia siempre busca el lado oscuro, las vicisitudes del drama compuesto por capas, el suspense dentro de los ejes melodramáticos que marcan la poca fluidez de Julieta. Sin embargo, Almodóvar no parece equilibrar la espléndida síntesis con una técnica inteligente, con imágenes que desvelen eso que tanto buscan los diálogos, y que tan poca justicia hacen los silencios: la identidad de un personaje del que, a pesar de su historia, el público tiene la sensación de no saber nada. El ritmo está completamente coagulado, la música -compuesta por Alberto Iglesias- es la melodía de ese suspense que se olvida de su último objetivo alentador, haciendo que exista un contraste entre la fluidez de lo que se ve, y la carga de la historia. Aunque el guión no puede evitar varias situaciones previsibles, varias preguntas sin respuesta, Julieta tiene una fuerza descomunal mientras dosifica la tragedia, mientras se llena del lirismo con el que Munro ahonda en sus personajes literarios. Almodóvar consigue narrar una historia dramatizada hasta la extenuación, con una calma más propia de películas sin trasfondo, lineales, en definitiva, menos complejas. El espectador que pretenda la verosimilitud de hechos que sepa verdaderos, sentirá impotencia al verse atrapado por una trama contenida y sutil.

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Esa construcción paulatina está relacionada con el trabajo de Adriana Ugarte y Emma Suárez; una Julieta vive las causas del melodrama, la otra soporta las consecuencias, y ambas resultan lineales por separado, pues ello forma parte del espectáculo, de esa conjunción de un único personaje que, aun dividido en dos formas, mantiene el fondo oscuro y turbador. Ellas son la esencia del cine almodovariano; la vanguardia sin delirios de grandeza.

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Inquietante, Julieta está ejecutada con frialdad, pero desde las entrañas. Almodóvar mantiene el clasicismo del género, recupera la precisión del núcleo dramático que fue un salto sin red en La Piel Que Habito (2011), y que ahora lleva un paracaídas en forma de enigma maternofilial.

Sean felices.

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