Madame Marguerite

Xavier Giannoli intenta sortear, sin éxito, a la tragicomedia teatral en la que el humor lo aporta la irritante voz de una magnífica Catherine Frot, donde la sofisticación vive en las ambientación, atmósfera y vestimenta, y por la que el público sentirá ganas de enterrar después de 127′ sin ritmo y poco ingenio. En el guión del propio Giannoli y Marcia Romano flota el empeño por mostrar la perseverancia de una Marguerite a la que poco falta para convertirla en mártir de la Aristocracia francesa del siglo XX. Madame Marguerite se estira hasta el punto de romperse por desgaste.

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La historia de Marguerite Dumont sirve de antesala para la múltiple crítica -la trama goza de algunos aspectos bien afinados- a la que el cineasta se lanza: vivir a la sombra del hombre, luchar por la libertad de expresión en todos sus cauces, ser un poco ingenuo, aunque a veces suponga el ridículo. Este último concepto aúna la realidad del personaje con lo que Giannoli trata de expresar, a través de la pregunta que resume toda su pretensión: ¿qué es y dónde se encuentra el ridículo? Mas también responde a la siguiente: ¿dónde está el límite de la ingenuidad, de la verdad y la lealtad? Madame Marguerite funciona a la perfección cuando la agudeza de los diálogos se proyecta sobre la société aristocratique, sobre el eco vanguardista de los años 20, y no cuando somete a su protagonista a la risa tímida del espectador, si ésta se atreve a desafinar todas y cada una de las notas colocadas por Mozart, Händel o Bizet en sus composiciones. Reflexiva en los primeros 50′, la película queda expuesta a la fricción de un texto repetitivo, que baila al son de Lakmé (Léo Delibes) pero sin adaptarse a un buen tempo. Toda la frivolidad, excentricidad del personaje principal conecta con los distintos puntos flexibles de la obra, es decir, con todos los momentos en los que las intimidades del entorno tratan de hacerse un hueco en el relato. Una lástima que ello, el análisis de una sociedad y su conducta alrededor del arte, quede en la superficie, que incluso las vicisitudes mentales y los delirios de una falsa grandeza queden en la anécdota de una baronesa que busca, desesperada, un resquicio por el que justificar su monótona existencia. “No tienes que pedirles disculpas por existir“, afirma Atos Pezzini mientras corrige la posición de Marguerite. El ámbito técnico, con un gran sonido como sostén de la estructura en capítulos, equilibra la ambición de un Giannoli que no hace justicia con la causa poética de la protagonista.

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Ante tanta controversia, Frot vocifera con un talento desconcertante, abrumador, encarnando a la Marguerite que casi un siglo atrás ensordecía a sus círculos de pudientes, cínicos y desleales compañeros de clase social. Sin embargo, y aunque paradójicamente toca las teclas en perfecta armonía -su personaje lo hace en perfecto caos-, la excentricidad no se ve recompensada con un director que se arriesgue, sino que aplica el caos en una zona de confort que ni afecta ni motiva. El contrapunto de Michel Fau es hilarante.

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Madame Marguerite recuerda a las grandes novelas como La Catedral del Mar (Ildefonso Falcones), no por su historia, sino por su premisa; explorar el sistema social de una época convulsa en lo que la cultura ataña. Sin embargo, ésta pérdida del rumbo, no se sabe si hacia un homenaje, una sátira o un simple retrato (en momentos condescendiente), repercute irremediable en el derrumbe de una historia intrascendente.

Sean felices.

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