Don’t Grow Up

A los herederos del pequeño avance que manifestó el cine fantástico y de terror en la Francia de la segunda década del siglo XXI -Alexandre Bustillo y Julien Maury fueron las máximos representantes con títulos como Livide (2011) o Aux Yeux Des Vivants (2014)- se ha unido un Thierry Poiraud que con Don’t Grow Up parece reírse de todo lo conseguido por sus coetáneos. Una película sin personalidad, que homenajea a sus referentes con atmósferas y diálogos que no dicen absolutamente nada mas que el intento por mezclar la reflexión adolescente con el mundo zombie -sin ningún éxito.

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A Dont’ Grow Up le sobra retórica y le falta ritmo, le sobran estereotipos y le falta historia; en ese orden. Poiraud, junto con Marie Garel Weiss -guionista- construyen una trama que se derrumba según colocan el siguiente ladrillo, y se derrumba hasta el punto de hundirse en la tierra de la previsibilidad y la patochada. De hábil factura técnica, la película muestra evidentes referencias con The Fog (John Carpenter, 1980) y The Mist (Frank Darabont, 2007), con gran cantidad de títulos en los que la supervivencia en tierras desconocidas se plantea desde una perspectiva adolescente. Si bien la tensión se mantiene durante la primera media hora, el filme se acaba pareciendo a Fin (Jorge Torregrossa, 2012) en un alarde de poca inspiración y escasos recursos narrativos. Al realismo con el que parte la premisa de Don’t Grow Up no le sigue una evolución lógica de las secuencias, sino que se agolpan, se derriban unas a otras de manera poco agradecida para la perspectiva del espectador. El gran problema de Poiraud y Weiss se encuentra en la facilidad para recrear espacios de forman tan -TAN- previsible, tan -TAN- convencional, que incluso el diseño arquetípico de los personajes no chirría tanto como lo que en realidad es -exceptuando a los perfiles femeninos, ello no es que chirríe, es que incomoda de tal forma que llega a ser inaguantable. La fotografía se mantiene a flote, incluso hace brillar al conjunto de manera sorprendente durante varios tramos de la película -siempre referidos a la primera media hora, después se desmorona hasta la legión de zombies. Es de oportunistas moverse según la corriente, pero es que la película tiene la misma argumentación que la que un reconocido economista dio sobre el escándalo de las subprime en Estados Unidos: “Es como si vendes una lata de sardinas por el doble de su importe, y así sucesivamente. Hasta que alguien no la abra y compruebe que no vale nada, la seguirán comprando“. Un buen envoltorio, pero cuando se descubre lo que hay dentro, toda la estructura se viene abajo.

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El reparto europeo -americanizado-, con Fergus Riordan, Madeleine Kelly, Natifa Mai o Diego Méndez a la cabeza, no funciona culpa de la sobre-actuación por cumplir con el estereotipo, con la ceguera de una dirección que poco aporta al talento innato de unos intérpretes la mayoría noveles, la mayoría faltos de pautas y referencias con las que trabajar el miedo, la incertidumbre, la sorpresa, los movimientos coherentes con la cámara o el ansia en la mirada.

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La oleada fantástica se marchita en el cine francés, no encuentra su lugar ni tampoco el camino para llegar a un posible sendero de gloria. El cine de Poiraud y Weiss –Atomik Circus y Goal Of The Dead– sigue intentando reanimarse, y con ello al género, sin embargo, con Don’t Grow Up sólo han logrado menoscabar la integridad del mismo y quitar un piedra de la estructura fabricada por Bustillo, Maury o Jerome Sable -canadiense, pero francófono.

Sean felices.

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