Cien Años de Perdón

La referencia es cercana en el tiempo; El Desconocido (Dani de la Torre, 2015). El guión de Jorge Guerricaechevarría está contagiado del thriller político-social donde esta última etiqueta del género parece impostada por obligación. La motivación para sortear los clichés del telefilm sobre atracos y pugnas policía-ladrón se queda en la superficie, no sirve para nada más que el desahogo de guionista y dirección con respecto a la actual crisis socio-política del país. Cien Años de Perdón es la historia de la falta de paciencia narrativa.

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Es a partir de ese concepto desde donde Calparsoro decide entablar una relación entre el thriller donde cuatro atracadores siembran el miedo y el desconcierto explícitamente, y las altas esferas gubernamentales, donde cuatro atracadores siembran el miedo y el desconcierto implícitamente. El mayor problema de esta relación es la falta de pasión y rigurosidad con la que está estructurada la trama; un factor que le empuja, como a los protagonistas, a hacer aguas cuando se quita la máscara y deja ver lo que hay detrás de la tensión; un producto para dos públicos, una lanza hacia la mafia del Gobierno y un juguete para los amantes del atraco en la gran pantalla. La película somete esa elección al juicio de un público que no sabe muy bien si lo que está viendo es ficticio, puede ser real o simplemente se trata de una mezcla de ambas. A pesar de mantener la intriga y quitarle importancia con personajes que de ignorantes terminan por ser la risa del espectador, Cien Años de Perdón no consigue ensamblar las piezas correctamente, no consigue que el mensaje que tanto sudor le cuesta relatar se quede en la reflexión del que lo está presenciando; lo único que le queda es la consciencia de haber asistido a un ejercicio entretenido donde los malos no son tan malos, los buenos no son tan buenos, y donde no se sabe, realmente, dónde colocar a unos y a otros. Y a eso juega precisamente, pero con un resultado cuestionable. El culto de Atraco a las Tres (José María Forqué, 1962) es longevo, su sombra alargada, y de ella han bebido y siguen bebiendo, como constata la obra de Calparsoro, de ese ingrediente cómico que rodea a todo atracador al que no le va mucho el durante sino más bien el después. La música de Jose Cancela y Amy Marie Beauchamp sirve de mero acompañamiento para un reparto magnífico que se mueve con soltura alrededor de la paupérrima fotografía de Josu Inchaustegui. La obra es honrada pero le sobra autocomplacencia.

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Contar con Rodrigo de la Serna, Luis Tosar, José Coronado, Marian Álvarez, Raúl Arévalo o Joaquín Furriel permite dejar en sus manos, talento y trabajo los diálogos y las relaciones entre ellos y la historia. Permite rodar con rapidez, alimentar la impaciencia del guión y que todo parezca reluciente como el sol tras la tormenta. Pero lo cierto es que esta vez les ha jugado una mala pasada, y no a los intérpretes quienes defienden sus personajes de forma excelente, creíble, sino a la producción en términos generales.

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Parece obligado entrar en el club de las películas que no sólo entretienen sino que aportan una moraleja, un mensaje o una reflexión a partir de la cual el espectador debe realizar juicios de valor sobre quién es la víctima y quién el agresor. Cien Años de Perdón no tiene el cuidado necesario para avanzar -no siendo previsible- hasta un equilibrio donde ambas historias estén desarrolladas con cierta coherencia.

Sean felices.

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