El Abrazo de la Serpiente

Costaba creer que alguna obra lograse equiparar su belleza con las majestuosas y avasalladoras imágenes de The Revenant (Alejandro G. Iñárritu, 2015). Y bien, Ciro Guerra ha confirmado que es posible. El Abrazo de la Serpiente es la obra absoluta del cine colombiano. Es, según reza su mensaje, “el sueño amazónico“. Un viaje por las entrañas de la naturaleza humana, con el clasicismo cinematográfico de las historias sobre aventuras pero con un bagaje histórico-social impecable. La fotografía en blanco y negro se solapa con la inmensidad, permite probar en verdadera armonía las capacidades del espectador para introducirse en una historia mágica, real y, por encima de todo, respetuosa.

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El cine colombiano se reconstruye desde una ventana reveladora; los problemas de un anciano chamán que ve en un etnobotánico americano su última oportunidad para recordar sus facultades ancestrales. El encuadre de Guerra y David Gallego traspasa la realidad, traslada a aquél Amazonas donde el colonialismo destruyó pueblos, costumbres y personas. Blanco y negro, la textura que el espectador respira de la obra con placer, incluso como causa liberadora a efectos de espíritu. Introducir con interés una reflexión seria hace de El Abrazo de la Serpiente una obra interesante, una obra de máximos, un síntoma entre lo atemporal y lo anacrónico en la aventura entre el Richard Evans de Brionne Davis y el Karamakate de Nilbio Torres primero y Antonio Bolívar más tarde, una ampliación de las dimensiones a las que puede hacer frente una trama que muestra con delicadeza el infierno verde, aquel Corazón En Las Tinieblas que Joseph Conrad firmó en 1899 en el otro lado del mundo. La grandeza del cine tiene este tipo de genialidades que hacen de él una herramienta de recuerdo, una respuesta al cómo y por qué en la historia clásica y contemporánea, sin duda un drama que analiza con profundidad el valor del hombre, la naturaleza y la razón (o sinrazón) humana. Lúcido y breve en su desarrollo, Guerra prefiere el buenrollismo  para contemplar el abanico de sucesos que llenan los 35mm de formato, deja en el tintero cualquier variante de belicismo o sombra de una guerra que, precedente, asoló, sólo la de un hombre, sino la voluntad y el deseo de vivir de cantidad de tribus a orillas del curso de un río. La anulación de todo sentimiento, la introversión hacia uno mismo, el rechazo por lo foráneo y la imperdible capacidad para apreciar, de ello, el lado menos dañino; brochazos en un cuadro con una fotografía deslumbrante, poderosa, casi en el límite de establecerse como el imán con mayor carga magnética.

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Es imposible transmitir la impresión que la vida produce en una época determinada de la propia existencia; lo que constituye su verdad, su significado, su sutil y penetrante esencia. Es imposible. Vivimos como soñamos… solos“. A pesar de la imposibilidad descrita por Conrad, Guerra ha conseguido acercarse un poco más a esa impresión, a esa vida que constituyó la verdad de un hombre que renegó de sí mismo y al que la pasión de otro ayudó a encontrar el camino de vuelta.

Sean felices.

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