Deadpool

El empalagoso superhéroe de Marvel, y con él, el universo cómic al completo, han encontrado en su azote auto-crítico una nueva herramienta por la que establecer una dinámica menos lesiva para sus intereses; cotejar su querencia por motu proprio con la irreverencia, el anti-heroísmo y la fanfarronería del personaje, por excelencia, representante de todos esos valores; Deadpool. Gracias a Tim Miller, Ryan Reynolds parece haber encontrado un resquicio que le redima de su terrible Green Lantern.

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Rhett Reese y Paul Wernick escriben un guión que no contempla la equidad alrededor de un personaje que, en constante reto con la cuarta pared, presume de frivolidad, ingenio y un carácter demoledor para retratar, con cualquier pretexto, la política de sus creadores. Deadpool es el atractivo, la indolencia y la fórmula que cruza varias veces los límites de la decencia cinematográfica hacia el mundo interactivo donde el protagonista pone voz al pensamiento del espectador. Y no falla. Entretenida durante gran parte de las casi dos horas de metraje, la trama acaba pecando de su propio cinismo cuando el divertimento y la sangría (literal y metafórica) quedan enterradas por el fin que el héroe persigue bajo las capas de chistes internos y violencia gratuita. La cámara de Miller es amable con el espectador y respeta la acción del cómic, sin embargo, no sale de lo convencional, no se amolda a la rotura que genera la estructura del relato, sino que convierte la situación cómica en un efectismo poco práctico. El gran acierto de Deadpool está en haber conseguido una película que sea la alternativa del clasicismo perenne en los últimos años y un leit motiv cinematográfico por el que iniciar una nueva senda de récords taquilleros y merchandising a precio de oro. El gran error, recurrir a la repetición como vía de escape, como reserva a una segunda parte, como solución cuando el espectador sigue avivando en su fuero interno el deseo por vilipendiar, aún más, el compendio sintomático de la franquicia. No debería asombrar esta reticencia a mantener las distancias con respecto a lo que critica, mas sí conviene detallar que, a pesar de funcionar como ejercicio de entretenimiento, no aporta nada nuevo, en esencia, al género. Este rebelde con causa contagia su obscenidad, pero se desvanece por miedo a no llegar a un objetivo que supera sin obstáculos; descansar de buenos modales y narrativas indiferentes.

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Reynolds ha sabido encajar al menos fácil de los perfiles marvelita, quizá por ello sea el papel más determinante en su carrera y quizá por ello el intérprete haya encontrado el flanco socarrón a tan explosivo disfraz con semejante naturalidad. Morena Baccarin es el motivo y Ed Skrein el archienemigo usual, sin adornos, ambos cumpliendo como las piezas de un pin-ball, dispuestas ellas en una hilera temporal para el lucimiento del protagonista.

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Con tiempo por delante, las riendas siguen siendo tensadas por Marvel, y aun echando de menos el preámbulo de la historia de Wade Wilson, Deadpool puede convertirse en lo que, entre conversaciones fabricadas por y para fans, chistes de aquel baúl del que se sirven los guiones menos amables y la atmósfera a entretenimiento sin impuestos, le de al género un respiro necesario.

Sean felices.

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