Zoolander No. 2

De vuelta de todo, Ben Stiller vuelve a “regalar” 100 minutos del Derek Zoolander en su estadio más irreverente. Zoolander 2 es el simple entretenimiento con aire surrealista, sin pretensiones, el entretenimiento que, de necio, deja atónito al espectador ante la muestra de soltura con la que aparecen y desaparecen personajes, con la que el guión no deja esperanzas de conectar una secuencia con otra de forma correcta, con la que la incongruencia cinematográfica se supera a sí misma. De diversión muy cuestionable.

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Los gags de Justin Theroux y Stiller no funcionan en ninguno de sus estadios, y tampoco lo hace la constante repetición de naderías en las que se basa el guión. Todo goza de mayor presupuesto que su primera parte, excepto la categoría ocurrente de la película. A marchas forzadas, a caballo entre la patochada y el fracaso estructural, Zoolander No. 2 no aporta nada ni a la filmografía de la parodia, ni tan siquiera a la del director. Equivocada en la mayor parte del metraje, errónea, se desconoce si a propósito o por falta de interés, en aspectos básicos que le hacen ser más indeleble a la mirada menos acusadora. El problema deja de estar en lo excesivo de su premisa, en la extravagancia de dos tipos que, sin hacer la mínima gracia, se defienden con habilidad entre cameos estelares, vestimentas ridículas y argumentos nada solventes; el problema está en la reiteración por satirizar sobre un gremio que, 15 años antes, quedó retratado con provocación y diversión, algo a lo que, esta vez, no alcanzan abrazar. Una secuela desvergonzada, a la que parece no importarle su pretensión, a la que parece habérsele olvidado que si careciera de ella, se entendería mejor su pasotismo, su capacidad para abochornar al mejor de los espectadores. Quizá, y sólo quizá, el ingenio de Stiller para enmarcar al mundo de la moda en lo absurdo e irracional sea un valor implícito de la película. Quizá, y sólo quizá, los chistes fallidos, el extraño montaje y Penélope Cruz sean la versión estandarizada de una mezcla entre Dumb & Dumber (Peter y Bob Farrelly, 1994) y la última entrega de Men In Black (Barry Sonnenfeld, 2012). De hecho, sorprende la similitud narrativa con ésta última, con la que comparte ese tono sentimental que adolece de importancia. La autocrítica hacia Derek y Hansel, hacia Ben y Owen, confirma que la franquicia caducó hace tiempo, algo que, como el sentimentalismo, no importa.

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La interminable lista de agregados a la trama impide la comprensión del reparto, más es evidente que, según avanza la trama, Stiller y Wilson se acercan a los arquetipos que, alguna vez, desfilaron frente a la lente cinematográfica, aunque desfallecen con rapidez. Desde Justin Bieber a Sting, pasando por un Benedict Cumberbatch transformado en una especie de drag queen algo desagradable, todo personaje está rodeado de un imperecedera capacidad para adornar cualquier estupidez que difiera de las escritas en el guión.

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La esperanza del seguidor en encontrar una comedia enloquecida y repleta de situaciones propensas a la risa fácil se verá decepcionada ante la acumulación de rutinas, rutinas cómicas que hacen de la comedia un género cada vez menos exigente y, preocupante, intrascendente.

Sean felices.

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