Carol

La adaptación cinematográfica de la novela homónima, escrita por Patricia Highsmith, se adueña de su magnetismo y lo eleva a la delicadeza, belleza y rigurosidad que las imágenes transmiten en su perfecto montaje. Todd Haynes ejerce como director de orquesta sincronizando cada instrumento, cada nota, para establecer un relato que traspasa todo lo superficial y se centra, de mejor manera, en la sensación que entra por los ojos cuando los ajenos se clavan en los propios entre el ruido de las calles. Una narrativa verosímil, una historia que se condensa en el alma como la gota de agua que traspasa el cristal en una tarde de otoño.

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Carol es la obra casi completa. Perfecta en (casi) todos los aspectos cinematográficos; un guión muy medido, que presta atención a cada detalle con una sutileza explícita, con una dirección que cabalga entre lo correcto y el plano arriesgado que atraviesa gestos, destellos y sentimientos, con imágenes que imantan al espectador, que le hacen profundizar en esta historia de amor que sucede sin querer, sin querer hacer ruido en la intimidad de sus personajes pero que, como el cauce de un torrente en mitad de una lluvia torrencial, arrasa suavemente y se instala con calidez y templanza, con ese sentimiento vulnerable que conoce el camino hacia lo prohibido y lo emplea con libertad. Haynes controla cada nota, cada margen de error que pueda suponer el desafine de un instrumento, y lo emplea en un ejercicio de miradas, roces y ángulos visuales que evitan los convencionalismos y precisan sobre el amor de dos mujeres destinadas a compartir la soledad de sus días. Ambas en detrimento de sus parejas, en detrimento del tiempo dedicado a soportar la falta de atrevimiento, en detrimento de una sociedad a la que le afectaba profundamente la dicotomía entre la imagen aristocrática y la del trabajador de a pie, entre la sumisión y la rebeldía. Tanta delicadeza en el estilo le pasa factura en ciertas fases de la película, donde resulta fatigosa y demasiado esteticista, sin embargo, esa franja de sopor meditabundo donde Theresa Belivet rompe la atonía de su personaje y se erige como estandarte de los sentimientos que faltan por contar, sirve de excusa para pronunciar el cauce de un amor navideño, un romance dispuesto a todo donde el entorno juega a aprender de dos almas destinadas a encontrarse. Puede omitirse el sonido, que la elegancia de la fotografía, y las interpretaciones de Blanchett y Mara, bailarán uno de los ballets más naturalistas que ha dado el cine del nuevo siglo. El gran talento de Todd Haynes para recrear una época, para mantener el romanticismo sin premisas exhibicionistas, elevan esta película a la categoría de (casi) obra maestra. Todo está tan cogido por las aristas que si Haynes adoleciera de virtuosidad, Carol se habría destruido por completo.

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Como dos gotas de agua se ensamblan Blanchett y Mara, ambas extraordinarias, ambas mostrando su lado más frágil, ambas tratando de ganar peso entre tanta belleza formal. Si bien es cierto que son quienes sustentan la obra en sí misma, el perfil parece diseñado para sus movimientos, conductas y reflejos. Blanchett con las facciones de superioridad que se rebajan cuando Mara, fiel representante del atrevimiento cohibido, aparece en pantalla. Bailan sin pisarse, en momentos donde parecen desdoblarse sin la menor tensión. Merece la pena dejarse atrapar por ellas.

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Con Carol, Haynes logra devolverle la categoría al cine romántico, pero no sólo eso, sino establecer las marcas para un cine que explore la belleza con sutileza, fragilidad y buen gusto. Cine de grandes pasiones en vestigios de épocas que merecen, aún, su parcela de protagonismo.

Sean felices.

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