The Big Short

El estilo de Adam McKay se hace dueño de una trama que bebe de los entresijos de Wall Street, de una trama que muestra con inteligencia cómo cuatro estrategas financieros entraron por una de las grietas del sistema, vaticinaron su aroma a destrucción y fingieron no ser cínicos mientras aprovechaban el vacío fraudulento por el que hacerse millonarios. Las valentía e inteligencia necesarias para afrontar el feroz comentario sobre la idiosincrasia de Wall Street se dan cita en una película donde la comedia excéntrica se codea con el drama más significativo, donde el análisis de la poca enmienda que posee el ser humano se retrata con suma crueldad.

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Ácida, con gran vocación mordaz y certera en su premisa. McKay goza de una inventiva de largo recorrido, de una gran habilidad para convertir su faceta cómica en la ironía más sombría y lúcida que se ha hecho sobre los crímenes de Wall Street. Darwin se adaptaría de manera maravillosa a este relato. Más que Darwin, su teoría sobre la adaptación extrapolada a las agencias de calificación que, a su vez, institucionalizan sus derechos afirmando por un megáfono con la voz de Groucho Marx que si a los bancos no les gustan esos principios, tienen un paquete de peor rango con mejor valoración; las hipotecas basura o lo que es lo mismo, el abuso de la ignorancia generalizada, del que la sociedad se jacta actuando bajo el manto del dinero fácil. Mckay acierta con un guión académico pero poco convencional para una trama que prefiere bailar con la burocracia en lugar de hacerlo con la rigurosa y ácida verdad. Romper la cuarta pared siempre resulta arriesgado por carecer de la lucidez necesaria por la que disimular ese acercamiento al espectador, sin embargo, en The Big Short es totalmente plausible pues integrar al público en la hecatombe financiera más trágica de las últimas décadas deja bastante claro que no es sino un ejercicio necesario, un ejercicio en favor de la sociedad y en detrimento de toda aquella metodología que, aún en la actualidad, sigue encontrando visos por los que permanecer arraigado a la política económica. Un acercamiento a Margin Call (J.C. Chandor, 2011) teñido de retrato financiero, denuncia social preservada en imágenes montadas sin cuidado alguno y un compendio de tecnicismos cuya solución queda en manos de explicaciones irónicas y cuchilladas con hoja afilada. Una construcción que sabe dónde hacer daño.

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El reparto hace del guión una versión mediatizada (no en un sentido peyorativo) de Inside Job (Charles Ferguson, 2010). Personajes sobrepasados por sus excentricidades, por el continuo protagonismo de peluquines, salidas de tono y ojos de cristal. Sin embargo, Christian Bale, Steve Carell, Ryan Gosling y Brad Pitt consiguen adueñarse de ellas y convertirlas en un estatus de normalidad, en secuencias de obligada revisión en las escuelas de interpretación. Un eslabón nada sencillo que aumenta la creencia en una trama donde seguir la terminología puede llegar a ser cansado, pero donde ese cansancio siempre queda sublevado al talento de cuatro gigantes de Hollywood.

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A pesar de un característico patrón de conducta en torno al debate de quién fue peor si el que mientras avisó se aprovechó del resquicio, o el conocedor que hizo oídos sordos por ignorancia o por frialdad, The Big Short está inundada del tecnicismo necesario para resultar rigurosa, pero con una crueldad cómica brillante, dolorosa incluso. Una de las mejores comedias de los últimos años.

Sean felices.

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