Alvin y las Ardillas: Road Chip

La última secuela de la saga Alvin y las Ardillas, Road Chip, agota desde el primer momento musical que Walt Becker decide instaurar como polo magnético para los más mayores. Un intento de refresco que, como los trucos que hacen aparecer objetos detrás de las orejas, sólo consigue ejercer con los más pequeños. Cine infantil al que no se le puede pedir más que una aventura medianamente entretenida y dos chispazos de surrealismo que le otorgan medio tono por encima de sus antecesoras.

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Road Chip no logra transmutarse en una road movie de animación. Sigue siendo estridente el eco que Alvin y sus compañeros emplean en hacerse protagonistas de una pieza en la que, desde el título, el espectador conoce su rol. Una vieja trama, y digo vieja por lo reverberante que resulta su fondo, dispuesta en orden correcto, sin aparentes fallos cronológicos y algunos gags para el público al que va destinado. Ni se esfuerza, ni parece pretenderlo, en mostrar algún que otro valor o moraleja más que definir lo que es el entretenimiento más austero en humor y calidad. Ross Bagdasarian, Janice Karman y Randi Mayem Singer escriben un guión nada sorprendente, previsible desde que la ejecución de Becker deja apreciar cuáles serán los derroteros de una trama sumida en el concepto cliché, con fórmulas demasiado sintéticas como para no dar la sensación de haber visto todo con anterioridad. Road Chip es de esas películas en las que el espectador no debe tener ninguna expectativa más que la de apreciar cómo su hijo (el que lo tenga) se divierte escuchando las agudas voces de tres ardillas nada convencionales. Aunque no ofende, el bostezo se hace latente, y aunque ciertamente Becker evoluciona el esquema narrativo de la saga, sigue siendo fatigoso en la mayor parte de los 84′ de metraje. Los milagros sólo existen cuando hay material susceptible de ello, no en este caso con una obra emponzoñada en la cadena industrial, pero sin el presupuesto de Pixar o Disney como para elaborar una trama divertida para todos los públicos y alguna que otra conclusión que merezca la atención necesaria.

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La participación de Jason Lee, Kimberley Williams-Paisley o Josh Green en este tipo de filmes, agudizan la crisis de ciertos intérpretes pseudo-obligados a hacer gala de su perfil más infantil en pantalla y, por ende, sobrevivir a una saga que debería plantear su jubilación.

Sean felices.

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