Palmeras en la Nieve

Con las expectativas disparadas y las espadas en lo alto, Palmeras en la Nieve trata de escapar a la bola de nieve que baja vertiginosa por la ladera, una bola que consigue alcanzar el propósito de la cinta dirigida por Fernando González Molina y la arrastra hasta corromper el más mínimo detalle de un guión muy flojo, con saltos temporales sin sentido y una pésima dirección de actores. Lo único que le queda al espectador es disfrutar, si el sueño no se lo impide, de las imágenes rodadas en Colombia, donde las playas salvajes y la ambientación consiguen salvar la película del descalabro. Un trabajo de superproducción hollywoodiense que se distrae de lo esencial; transmitir.

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El empeño por plasmar todo lo que acontece en la novela escrita por Luz Gabás provoca la pérdida de toda esencia dramática en un romance, ya no sólo entre colono y criada, sino entre dos culturas, dos formas distintas de vivir; mientras la España de los 50 era gris, Fernando Poo (Guinea Ecuatorial, posteriormente) era colorida, salvaje, con cientos de secretos por descubrir y gente a la que integrar. Sin embargo, la adaptación de Sergio G. Sánchez y la dirección de González Molina, sólo permiten ver una sucesión de imágenes preciosistas, llenas de forma pero sin contenido, vacías de alma y perdidas en su objetivo. El espectador, durante las casi tres horas de metraje, no encuentra lugar para una trama concreta, sino que queda estupefacto ante secuencias de relleno que poco aportan a la historia, mientras siente que, como si de un artefacto de la industria americana se tratase, ha sido engañado por y para el beneficio de la empresa. Algo totalmente factible, pues si una cosa es remarcable en todo el maremágnum de lugares y vestimentas, es el tremendo trabajo de producción llevado a cabo por el equipo. Más allá de ello, Palmeras en la Nieve se desinfla en acciones blandas, aburridas, desesperadas por mostrar demasiado, por mostrar los conflictos raciales, los conflictos románticos, la búsqueda de una pasión perdida o arrebatada por la historia, por demostrar que todo ello puede realizarse en un largometraje. Pero lo cierto es que no, las fórmulas empleadas por González Molina, válidas para sus anteriores proyectos (Fuga de Cerebros o Tengo Ganas de Ti), no dejan de dar la impresión de que el proyecto estaba ideado para una serie de varias temporadas, al estilo de El Secreto de Puente Viejo o Amar es Para Siempre. Narrada con demasiada lentitud, con apatía, sin emoción, se queda a las puertas de convencer en cualquiera de sus situaciones, ya sea en el pasado donde Mario Casas lleva el protagonismo, o en el presente, donde es Adriana Ugarte quien se sumerge en la frialdad de una historia que, tratada con mayor precisión y habiendo trabajado correctamente con el elenco actoral, habría resultado, con casi total seguridad, la mejor película nacional del año.

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La frialdad del guión se traslada a las interpretaciones de los Mario Casas, Alain Hernández, Adriana Ugarte e, incluso, de intérpretes bien parecidos como Macarena García o Emilio Gutiérrez Caba. La única pieza que salva los muebles es Berta Vázquez, en la piel del dolor, las dudas y el tormento de una indígena, Bisila, entregada a la suerte de un golpe de efecto que cambie su vida y le haga olvidar la dureza del descontrol que los colonos ejercen en sus noches de cantina. El reparto restante se mantiene fuera de tono, forzando cada tramo y lanzando el carisma a la desaforada bola de nieve que, para sorpresa del espectador, sólo frena cuando el plano se abre y el agua cristalina y las palmeras dorándose al sol consiguen calmar sus ansias de arrasar el más mínimo resquicio.

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Un producto que abandona las intenciones de emplear calidad y trascendencia en su relato, se entrega a la comercialización, esa fórmula que pretende gustar a todos, y termina por disgustar a tres cuartas partes. Palmeras en la Nieve, lejos de transmitir, evoca al sentimentalismo más gratuito, donde la música compuesta por Lucas Vidal ejerce de agua con la que poder tragar semejante amasijo de irrelevancias.

Sean felices.

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