Ma ma

Ma ma, dirigida por Julio Medem, no es la película que el espectador trata de vislumbrar. La falta de atrevimiento, contrastada con un disfraz blando y de digestión elemental, hunde a la incansable lucha interna de un personaje volátil y oportuno. La emoción sintonizada a través de una atmósfera optimista y descafeinada, hacen de la pieza un grácil intento por contar una historia llena de una moralidad que no muestra, obstinándose en una continúa superposición de situaciones al azar, sin alcanzar el cenit que Medem pretende desde un principio. Desconcertante cuento de hadas, sin la magia necesaria para poder creer en ella, a pesar de la naturalidad que desprenden Cruz, Tosar, Etxeandia y un magnífico Teo Planell.

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A pesar de ser una idea tortuosa sobre el cáncer de mama y los debates morales que ello conlleva, Ma ma no rompe su curso hasta el final del metraje. La película flota entre el drama incipiente y el desenfadado humor que no resulta convincente a la hora de desahogar la falta de profundidad que posee. Si bien es previsible, Medem juega en un transcurso evolutivo ligero y con una dosis de realismo mágico más literario que cinematográfico, emulando a la insigne Camino (Javier Fesser, 2008), aunque fabricando sus aristas en un páramo vacío y repleto de excusas lastimeras. Un retrato del destino más utópico que se antoja como el azar más optimista en un mar de lágrimas perecederas. Ni Magda (Penélope Cruz), ni el cáncer de mama, la auténtica protagonista es la vida. Sin embargo, no una vida al uso, sino una oportunidad nacida de un cuento de hadas, donde el miedo y la ética desaparecen en un recalcitrante ejercicio de sencillez que, en lugar de enaltecer la trama, entierra sus expectativas y las encomiendan a una retórica falsa y plana. No profundiza como Mar Adentro (Alejandro Amenábar, 2004), ni desprende la elegancia y crudeza de Pulseras Rojas (Albert Espinosa, 2011-2013), a pesar de tener la misma esencia. Ma ma silencia todo eso y deja que la atmósfera desarrolle su particular neblina entorno a las sensaciones encontradas del espectador. No sabemos muy bien si sentir congoja o incredulidad, y eso es un atrevimiento demasiado vertiginoso, dentro de una pieza carente del mismo, que pasa por encima de cualquier atisbo de buen drama. Avanza demasiado deprisa, ayudado por personajes planos (que no sus interpretaciones), sin un desarrollo notorio y sumidos en un convulso conjunto de paradigmas asolados por la falta de empatía. La comicidad con la que complace al alma de una luchadora anula las preocupaciones implícitas de la protagonista, recalcando el impacto sufrido en su entorno, y renunciando al sensacionalismo burdo. Sin embargo, en su intento por conmover desde la sutileza, Medem embalsama a sus personajes en un jugo almodovariano inexplicable, encumbrando la fantasía por encima de la naturalidad. La realización es un caos sin precedentes, alternando planos fijos y delicados, con una ristra de terremotos con epicentro en cámara, buscando transmitir un bagaje trastornado, no sabemos si por necesidad de un guión que parece haberse plasmado sin revisión, o por una falta evidente de talento en la interpretación de Cruz. Con Penélope no concretamos si lo primero fue el huevo o la gallina. Si profundizamos en las cavilaciones de la protagonista, no lo hacemos a medias tintas. Si elegimos la naturalidad y sencillez como baluartes, no los desdeñamos con una miscelánea espiritual de fácil compresión narrativa, pero inútil estructuralmente. Una falta de valentía que ni alegra, ni emociona.

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La representación del incoherente mundo onírico de Magda en una realidad despierta, mediante una realización algo diegética, nos provoca esa irresistible sensación de pensar que están ahí para suplir la explosión emocional que Cruz es incapaz de mostrar en un plano fijo. El pasotismo consentido de su personaje no evita que se vean las costuras de una preparación cuestionable. En las secuencias donde Magda ejerce de madre con comportamiento plano, Cruz se desenvuelve con una naturalidad apreciable y cierta dosis de fuerza. El problema viene cuando el personaje necesita desdoblarse para causar estremecimiento. Esa evasión fantasmagórica, realizada en cámara, mientras juega con los colores en pantalla, nos hace recordar el carente registro interpretativo que lastra a la actriz madrileña en cada fase argumental sinuosa. Aún a sabiendas de ello, Cruz completa una actuación presumiblemente a la altura de lo que se espera de ella, pero sin llegar a emocionar. De emocionar se encargan su compañeros Asier Etxeandia y Luis Tosar. Etxeandia encaja de forma evidente en el papel de cantante emocional. Sin embargo, al igual que como amigo y cantante, convence y emociona, como ginecólogo trasnochado, cuesta creerse al personaje, cuya historia implícita brilla por su falta de sentido. Luis Tosar, como acostumbra en todos los filmes que lleva a sus espaldas, rellena el hueco que dejan pendiente sus compañeros, con naturalidad y una inexplicable aura imantada que provoca más sensaciones que la propia protagonista. Al igual que en la trama, Medem no disimula su falta de retrospectiva en la consecución de la utopía ilusoria.

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Desconcertante, prometedora, pero falta de toda lógica en una fábula terrenal que se encomienda al espiritismo fatuo. Un canto literal a la vida, en un intento de mostrar la crudeza de situación, pero que, finalmente, lo abandona todo por su optimismo pertinaz. Ma ma termina funcionando como un vértigo atado a un edificio de difícil acceso, deambulando entre la confusión de un palíndromo y sus aristas mal cosidas.

Sean felices.

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