Operación U.N.C.L.E.

El género espía por antonomasia reverbera desde el eco más profundo de su inicio en la industria hasta la actualidad, por lo que realizar una película con ese telón de fondo podría resultar harto reiterativa. Sin embargo, Operación U.N.C.L.E. no se muestra insulsa y carente de identidad, sino que busca llenar la pantalla con su ignominioso estilo y las texturas y cromáticas de las que se jacta a cada momento. Guy Ritchie recupera el germen plantado por Agente CIPOL, añadiéndole giros narrativos poco convencionales, en busca de una transición amena y flotable. No deja de ser un blockbuster explotado, pero mantiene la esencia de sus comienzos y le añade ingredientes que denotan un sabor visual exquisito. En ocasiones, transmite la sensación de estar viviendo un anuncio de Tommy Hilfiger durante dos horas sin detención.

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Situada en el clamor de la Guerra Fría, respira del aire emanado por las series de los sesenta. Carece de valor interno, resultando una pieza de destellos extrovertidos, pero sin la menor vergüenza ante la resolución surrealista de sus conflictos. A pesar de no contar con un guión mínimamente complejo, Operación U.N.C.L.E. transmite frescura y energía durante la mayor parte del metraje, encomendando su elegancia a un vasto diseño de producción, con un vestuario brillante y su entorno distendido y fácil de digerir. Las persecuciones y las luchas tan visualizadas con anterioridad, se retuercen para gozar de una grandilocuencia propia de Ritchie. Un espectáculo refinado, repleto de virtuosismo donde la nebulosa vintage arrasa con cualquier aclamación de la copia digital contemporánea. Alterna la rapidez secuencial de Mission: Impossible con la lentitud tragicómica de James Bond: 007, sin llegar a ser ninguna de las dos, pero sellando una nueva identidad. Busca la originalidad constantemente y, en la mayoría de los casos, la encuentra de forma satisfactoria, gracias a un estilo modélico de altísimo nivel. Los grados de comicidad a los que remite el director son certeros y nada extenuados, en una buddy film sin precedentes, proyectada para disfrutar de su atmósfera y dejarse llevar por ella. Como ya fabricó en su primer Sherlock Holmes, Ritchie conforma una nueva pareja de espías nada cotidiana entre dos armas de matar que parecen recolectadas de una pasarela de Dior. Poder visual sobre una estructura narrativa recalcitrante, aunque funciona de manera liviana, sin pesar en las retinas. La ausencia de trama compleja torpedea en su evolución, dejando que sea la explosividad de su montaje la que atrape al espectador. Acompañado de una música perfecta y condescendiente con la necesidad de acción sin medida, las set pieces adquieren una importancia desde el anonimato, amenizando los momentos más inapetentes. La elección interpretativa, ni resta ni suma, ya que la trama es lo de menos y Ritchie lo demuestra con sus planos superfluos y sin detenimiento. Se equivoca en la inseguridad que transmite su dirección, terminando por ser una amalgama de planos recortados y superpuestos, en busca de una aceleración desmedida para lo que se antoja en cada secuencia. Resucita su intimidad desoxigenando situaciones que pueden llegar a ser cargantes a fuerza de un surrealismo metafísico. Martinis y trajes engalanados, bajo un manto cómico en un entorno plano y ligero. Visualmente rompedora, narrativamente pobre y con una dejadez que, a veces, funciona de la manera esperada.

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La representación de sus héroes en traje de Armani es esperanzadora, pero las interpretaciones marchan en resonancia con la pieza; huecos por dentro y esclarecedores por fuera. Armie Hammer, en un perfil más propio de Robocop con un acento ruso ridículo, funciona a ratos. Aunque no llega a desprestigiar la cinta, lo intenta en cada secuencia. Henry Cavill, en su papel de todopoderoso agente norteamericano, se estanca en su faceta lustrosa y pija, perdiendo su poder en pantalla irrevocablemente. Alicia Vikander, encarnando a una joven mecánica de la Alemania del Este, aprovecha su presencia y enigmática belleza para encandilar, sin necesidad de completar una interpretación más que cumplidora. Un tándem de moda y poca calidez, pero con energía y porte para girar con cierto rumbo alrededor de una trama vacía. Para enmarcar la triste aparición de un Hugh Grant mermado por su fama de actor con dotes para la incredulidad y el humor más absurdo. Buena maniobra de Ritchie para ganar expectación bajo su nombre.

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Operación U.N.C.L.E. abandona la cotidianidad del blockbuster veraniego, con más ingredientes y una política de proyección distinta a sus antecesoras. Calidad visual tremendamente trabajada, con personajes finos e inseguros que rompen con los moldes del cliché espía. La carencia de una trama más elaborada se ve equilibrada por un montaje rápido y certero que, aunque no funciona al 100%, convence. A pesar de sus evidencias argumentales, se trata de la mejor obra, dentro del género, en lo que respecta al verano. Entretenimiento y atmósfera amenos para disfrutar de un rato agradable.

Sean felices.

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