Wayward Pines

Llegó el verano y, con él, una ristra de series para sobrellevar el inusitado aburrimiento vacacional. Wayward Pines, con esa vitola, parecía querer romper los moldes a los que nos tienen acostumbrados series como Falling Skies o la recién estrenada, Extant. Sin embargo, la producción de FOX ha terminado por ser un descenso vertiginoso en trama, diálogos e interpretaciones. Generar un misterio con tanta expectación, para después decepcionar con su revelación y consecución, le ha salido caro.

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Partiendo de un planteamiento demasiado sinuoso, la serie no evoluciona hacia un cierre portentoso, sino que se mantiene en la superficie, eliminando elementos de profundización que podrían haberle salvado la papeleta. Da la sensación de que, a mitad de temporada, FOX decidió reducir el presupuesto de manera cortante, y los guionistas se convirtieron en escritores sin callos en la imaginación. En los primeros capítulos, Wayward Pines se antoja como un retrato del poder gobernante frente al social, donde el miedo y la desinformación, juegan el papel principal. Night Shyamalan, director del piloto, nos mostraba cómo sus rareza e incongruencia, nos iban adentrando en la oscura atmósfera efectista, de la que se jacta en el inicio. Con un guión aceptable, aunque no brillante, crea una expectación desmedida, aprovechando el cúmulo de secuencias metafísicas a las que recurre. Sin embargo, en el ecuador de la temporada, desvela sus cartas y comienza un descenso irremediable hacia el fracaso y la decepción más absolutos. Se convierte en un relato pesado y sin explicación, abandonando la metafísica oscura, para dar paso a un nuevo mundo post-apocalíptico. El clímax provoca una explosión de la que nace un nuevo guión, repleto de errores y carente de toda lógica, donde sus protagonistas poseen la misma índole. Las acciones de tensión, con la inestimable ayuda de una música lamentable, son predecibles, evocando a otros estrenos que se dejaron todo en tratar de convencernos sobre su idea original, como La Cúpula, insulsa y ridícula, a partes iguales. Pasado el ecuador de la temporada, nos preguntamos, ¿qué giro argumental habrán preparado, para solventar tantas lagunas en la historia? Y bien, el giro argumental reside, aunque cueste creerlo, en su ausencia. Persiste en una trama que no da para más, reduce la calidad de sus personajes y nos hace perder el tiempo, durante cuarenta minutos a la semana. Sin duda, una serie que, aún fabricando un gran piloto, se hunde en sus propios errores. El desarrollo de los personajes es inversamente proporcional a la pendiente que toma la serie. Sin ningún tipo de pudor, les encomiendan el soporte de la trama, la cual va aumentando su particular laguna de fallos. Funciona como la receta que inicia de buenas maneras, poco a poco se van añadiendo ingredientes a destiempo y finalmente, debido al nerviosismo y la falta de experiencia, se decide destrozar, agregándola condimentos aleatorios. Se equivocan en los tiempos, en el desarrollo y en su evolución. El único punto a favor, desafortunadamente, es que no habrá una segunda temporada. Lo han ganado a pulso.

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Cuando la trama desemboca en un mar de problemas con soluciones inverosímiles, intentamos recurrir a las interpretaciones para salvaguardar la dignidad de los guionistas. Salvo en la series como Wayward Pines, en las que también se encargan de masacrar los perfiles de cada personaje. Matt Dillon comenzaba, su particular aventura, de una forma brillante. Acostumbrado a interpretar personajes planos y sin demasiadas líneas (excepto en Crash: Colisión), sorprendía con su encarnación como Ethan Burke. Pero, al igual que la serie, su personaje carece de profundidad, lo que provoca que vaya perdiendo fuelle hasta que, tras pasar la mitad de la temporada, es sobrepasado por un Toby Jones, en el papel de David Pilcher, enaltecido desde el anonimato. Del resplandeciente Dillon, al trasnochado Burke. Lo mismo ocurre con el personaje de Jones. A raíz de la revelación, adquiere una importancia notoria y se postula como nuestro salvador (de la misma manera que en la historia), sin embargo, la inercia consigue arrastrar, también, a su desconcertante homólogo. En el género femenino, tampoco encontramos gratas sorpresas. Carla Gugino, interpretando a Kate Hewson, resulta persistente y desacertada, al igual que su compañera Shannyn Sossamon. Ambas empatizan con Dillon y Jones, en un ejercicio que, más bien, parecía un ensayo. La única aparición digna de ver es la de Melissa Leo. La oscarizada actriz nos demuestra cómo cambiar de registro en menos de cuatro capítulos pero, su evolución resulta necia e inconcecible. De macabra enfermera a la personificación de la bondad más desinteresada. La única intérprete que se adapta, sin aparentes dificultades, a su rol, y el equipo no cesa en su empeño de quedar bajo el fango. Una pena.

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Wayward Pines se planteaba como una de las series del año, pero ha terminado como una de las peores en la última década. Una transformación rápida, pero muy dolorosa. Una vez más, nos planteamos hasta qué punto, una productora como FOX, es capaz de realizar una historia con un guión tan infame.

Sean felices.

 

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