La Cátedra del Mínimo Esfuerzo

Un nuevo curso brota en el horizonte de septiembre, algo frío por la despedida del verano asfixiante. Faustino, catedrático y conocedor de todos los intríngulis de su profesión, avanza por la Avenida Complutense. Reflexiona sobre las cerca de cuatro décadas que ha pasado enseñando a alumnos de todo tipo, manteniendo una única preocupación; seguir engañando a sus oyentes. Entra en su amada Facultad. Federico, rector de la misma, yace en el hall, balbuceando palabras, poseído por una verdulera que pide la vez en el mercado. Haciendo caso omiso, Faustino sube las escaleras que delimitan el vestíbulo con su departamento. Sentándose franco, en el sillón que cohabita, solo, en su despacho, mira inevitablemente el reloj. Ínfimos diez minutos para iniciar su particular aventura, ante la cara de los beatos e inexpertos universitarios. “A ver qué treta concibo para hablar las dos horas, sin decir nada”, se dice para sí, mientras se dispone a coger el ascensor.

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El sermón llega a los oídos de los estudiantes, quienes siguen charlando con Morfeo. Sin tregua, ni oportunidad de réplica, Faustino recoge sus bártulos e inicia el camino hasta el afable sillón, que aguarda su llegada como la amante que espera a su idealizado marino. Apoya sus manos, ajadas por la Historia, sobre los reposabrazos y comienza su peculiar crítica educativa, ante la mirada del cojín donde sostiene sus valores. “A estos chicos los fabrican en serie. Menudo curso les espera”. Y no le falta razón, seis de los diez maestros (catedráticos envidiables) que imparten asignaturas en el primer curso, se resignan, mohínos, a vender la cartilla de memorización a sus pupilos. Preciosa manera de enseñar, leyendo de un carrusel Kodak actualizado, los infinitos conocimientos de erudito vetusto, masacrando, así, las mentes ingeniosas, bajo el yugo de la estricta repetición magnetofonesca, sin entendimiento ni aplicación práctica.

“¿Por qué no practican la enseñanza, profesionales de la actualidad, que nos inculquen valores pasados, pero basándose en el presente?”, debaten los universitarios recién llegados, mientras el profesor florero que calienta el sillón en ese horario, expone sus innumerables títulos y conocimientos sobre cultura universal. Faceta más propia del despota al que no le queda más que su ego inquebrantable.

Faustino, todavía en el sillón, persiste en el discurso elemental, sobre su decadente método. No encuentra obstáculo, ni en forma ni en contenido, todo son ventajas; “Si continúo rigiéndome por la ley del mínimo esfuerzo, los alumnos me acabarán increpando”, cavila en un último estertor de reflexión, a lo que su sosegada conciencia responde; “Sólo les importa aprobar. Nadie ejerce control, de ningún tipo, sobre ti. Sigue aprovechando el vacío del sistema educativo”. La conciencia pesa demasiado en él. Decide prolongar su escabechina sobre el tiempo de los estudiantes. Irrevocable, enaltece su cinismo y emprende la ruta a casa.

Al bajar el primer escalón de la segunda planta, topa con José, alumno de la clase precedente, quien, en un amago de interés por la materia, tiende la palabra a Faustino, pero, la extenuante sabiduría de éste, le impide hablar con plebeyos culturales. Algo inentendible para una mente tan privilegiada. Paradojas de la vida.

Él es feliz. Los alumnos, sin embargo, quedan expuestos a una resignación ardua y lamentable; perder el tiempo.

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