Legado Epistemológico

La llave del conocimiento es una de las incógnitas del ser humano. ¿Qué hacer para adquirir conocimiento? No un conocimiento banal y satírico para debatir con taberneros en oscuras tardes de domingo. No. Un conocimiento puro, sin reseñas ni estadísticas perturbables, que nos proporcione seguridad en cada momento y nos dote de un arma fidedigna, no para combatir con la ineptitud de la masa, sino para mostrarle la veracidad de los acontecimientos. Esa búsqueda era el pasatiempo de Séptimo, un moribundo, antojo del desdén, que habitaba en los Jardines del Buen Retiro. Dibujaba pensamientos en los árboles que le proporcionaban cobijo, discurriendo sobre la forma de enseñar al niño lo que el hombre había aprendido con la experiencia. Una enseñanza de provecho, privándoles de información pueril e inverosímil. Soñaba con que alguien lo hubiera hecho por y para él. De esa manera, ahora no sería un vagabundo pisoteado por “los zapatos de caprichosos con suerte de casta”, se decía. En discusiones con su propia conciencia, que funcionaba como el mejor amigo que jamás tendría, se sumía en cientos de elucubraciones sobre cómo el ser humano ha llegado hasta ese punto, intentando conocer la verdadera historia sobre el conocimiento fehaciente de conocimiento. Daba largos paseos por los que llamaba “sus jardines”. Había nacido en ellos, por lo que una parte de él pertenecía allí, y una parte de allí le pertenecía. Asustaba a los pequeños chicos que jugaban al escondite, sin ellos saberlo, contándoles historias sobre el nacimiento de un niño sin ojos en la misma piedra donde se habían sentado a escucharle. Ganaba salud carcajeando ante la huida despavorida de los niños.

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Un lluvioso día de octubre, Séptimo paseaba por los Jardines, cuando encontró un viejo escrito aplastado en el barro. Poco podía leerse, pero le ayudó a sobrellevar el camino. “La antorcha es el símbolo del conocimiento, sin ella, el ser humano se verá privado de toda capacidad de raciocinio…”, oraba en voz alta, mientras trataba de averiguar el resto del documento. Le era suficiente para continuar con su cábala erudita, así que lanzó el pergamino por los aires. “Eso es, la antorcha es el primer paso para educar en conocimiento”, se repetía mientras reunía las maderas que los árboles había desterrado. Su conciencia jugaba un papel determinante en la resolución de sus pensamientos. Apoyaba la decisión. Séptimo quedó dormido bajo la lluvia. Despertó con las maderas en su regazo, se levantó de golpe y corrió hacia los quioscos en busca de algún papel donde escribir lo que él denominaba, “mis memorias de erudición”. Regresó, topándose con un grupo de niños que pintaban el suelo, pidió un lápiz al más pequeño, les invitó a escuchar su historia de “amor”, y salieron corriendo, una vez más. El lápiz, volando hacia su bolsillo. Escribió durante semanas, realizando la misma misión cada vez que necesitaba material. Llegó el fatídico día en que se dio cuenta de su penosa situación; tosía desagradablemente, esputaba alientos de mil infiernos y la carne se había vuelto pellejo. “Todo mi conocimiento ahora está en estos papeles, me he quedado vacío”, pensaba para sí. Con las pocas fuerzas que le quedaban, unió todas sus maderas (las del primer día, puesto que la pureza se halla en esos detalles, según Séptimo) en un mismo coro y las dotó de una corona conformada por piñas secas. Enrolló, a tipo pergamino, los papeles alrededor y los pegó con la resina que florecía en el árbol. Era primavera. “¿Tanto tiempo había pasado?”, se preguntaba. “Ya lo admiras”, le contestaba su mejor amigo. Quedó dormido, una vez más. Un hombre de avanzada edad, le encontró moribundo, con los ojos salidos de las órbitas y la antorcha entre sus manos flácidas.

  • ¿Buen hombre?, preguntó el señor, pero Séptimo no respondía.

“Avisaré al guarda”, dijo en voz alta, lo suficiente para que Séptimo alzara las manos y gritara con un hilo de voz, similar al graznido de un pájaro en sus últimos días, “le pido que lleve esta antorcha a un lugar en el que la gente pueda leerla, puede firmarla como propia si lo desea, pero hágalo”. Y se desplomó sobre el fango que cubría sus pies. El guarda llegó a caballo, escuchó el testimonio del señor y recogió a Séptimo del suelo. También la antorcha. En ese mismo momento, a la luz del ocaso, se gestó un vínculo entre Séptimo, su antorcha y el guarda a caballo que quedaría grabado en los anales de un Jiménez de Cisneros que, más tarde, sería reconocido como el fundador de la “docta” o, como comúnmente era y es conocida, la Universidad Complutense de Madrid.

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