En Primera Persona

Yazco en gasolineras lujosas, centros comerciales de mala muerte, almacenes sin alma y tiendas de calle mediocre, de las de visita pre-cumpleañera. Me disfrazo de equipos de fútbol, héroes de cómic o de princesas creación de un hombre que se creía criogenizado. Me quieren para odiarme. Paso por la vida de generaciones nulas, y no tan nulas, pero nadie piensa en mi. No aprecian cómo intento zafarme de sus penurias y temblores. Bastante tienen con sostener la cabeza sobre los hombros. Trato de hacerme notar pero, aún gritándoles al oído al son de una psicofonía metalizada, nadie me piensa. Me utilizan en horario laboral. Los fines de semana, me apartan como a un perro pulgoso o, mejor dicho, como a la pulga repleta de can. Y no es que no me aparten, también, los días de trabajo, es que lo hacen con una violencia desmedida. Pagan sus frustraciones matinales atizándome con sus dedos sin pudor, hasta que logran apaciguarme. Dejan en mis manos su futuro en el trabajo, en la Universidad o, incluso, en el colegio. Hay quienes optan por olvidarse de mí y, cuando me necesitan, denostar a la persona que me escondió en no se sabe qué cajón del armario que habita, solo, en el sótano.

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Mi día a día es como aquella película que protagoniza Bill Murray; El día de la marmota. Una y otra vez la misma cantinela. (¿Qué cómo lo sé? El patán que me golpea cada mañana es un cinéfilo empedernido, debajo del edredón). Quejas que ascienden y descienden como los montañeros que han gritado en el vacío del Everest y, tras la excitación, pretenden volver, desahogados, con sus familias. Lo que más detesto es el preciso momento en el que al angelito se le enciende una bombillita en su limitado cuenco de materia gris, por la cual decide lanzarme contra su estupendo, y adornado, armario empotrado. Y así me siento yo, empotrado en un mundo que no es el mío. Un mundo de odio y rencor hacia el objeto en el que dejan puestas sus esperanzas de volver a despertar tras ocho horas de intenso sueño. ¡Oh, se me olvidaba! (los golpes hacen mella), les veo dormir. ¡Unas posturas más raras! Si supieran cómo se retuercen entre el océano de ácaros que conquistan sus colchones empacados en fundas suecas, dudo si volverían a tumbarse del mismo modo.

Lo echo de menos. Al menos, cuando un buen samaritano me elegía como hacen los campeones de boxeo con sus contrincantes, sentía el calor que desprenden esos seres tan primigenios. Ahora, sólo me exhibo en los centros comerciales, los mediocres. No aparto la vista de los niños que pasean sus pupilas por delante. Dudan. Me miran y me abrazan con sus manos suaves. Pero, en ese breve instante de ínfima gloria, llega el ser supremo, con bolso de Gucci y gafas de Dolce & Gabbana, para lapidarme con la frase triste del presente; “Hijo, en el iPhone hay despertador, ¿para qué quieres ese viejo trasto?”. Y yo, me hundo en los contenedores de reciclaje.

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