En Tercera Persona

10 años después de su éxito en la noche de los Oscar, Paul Haggis (En El Valle de Ela) muestra, una vez más, su enorme imaginación para conformar historias con múltiples personajes, ligados entre sí, en un equilibrio que no siempre acaba manteniendo. Al igual que con Crash alcanzó el cenit del séptimo arte, en Third Person reutiliza la retórica de su precedente para terminar siendo una cinta sin alma. Su justificación final no sirve a tal embrollo de parejas, sumidas en un profundo amor creado por mera imaginación.

En Tercera Persona

Tres relaciones amorosas se suceden, simultáneamente, en perspectivas homólogas que exhiben cómo se gestionan el amor, los desencuentros y el final de lo que había sido un romance apasionado, dando paso a desordenes mentales, enajenaciones y futuros de difícil digestión. Distintas parejas, pero un mismo núcleo, girando en torno a una trama central protagonizada por Michael (Liam Neeson), reconocido novelista divorciado que vive un idilio con una columnista (Olivia Wilde) cuya inestabilidad se antoja similar a la de la pieza. El desorden emocional de los seis personajes teje su telaraña alrededor de tres ciudades entendidas como “ciudades del amor”; París, Roma y Nueva York. El cineasta norteamericano intenta que, Third Person, sea una representación de las distintas fases por las que pasa el amor (pasado, presente y futuro), a través de un intrincado popurrí de historias al más puro estilo Crash pero que, por el contrario, acaba pecando de irresoluble y se convierte en Deus Ex Machina, destrozando todo lo ganado durante los 120 minutos de metraje. Haggis comete el error de “copiar” el corazón del guión que tantos éxitos le dio, poniendo sobre el amor el pilar que antes proporcionó a la imaginación que al puro sentimiento. Con un final diferente, habría funcionado mejor. Se aprovecha de un buen montaje para entremezclar cada secuencia de un personaje con el siguiente, mostrando su relación en el mismo hilo de la trama aunque, más bien, transmite artificialidad a raudales, denotando una falta de convencimiento en lo que nos quiere contar. Consigue unir diez piezas de un puzzle al que le faltan otras cien.

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Sin cuidar la verosimilitud de los acontecimientos, Haggis, sí ha cuidado las interpretaciones de su fabuloso elenco. De hecho, si el largometraje cuenta con credibilidad alguna es gracias a las actuaciones de Liam Neeson, Olivia Wilde, Adrien Brody, Mila Kunis y compañía, quienes desgarran, en gran parte, gracias a la magnífica demostración sobre el amor e impotencia que sienten a partes iguales.

Kunis y Franco

Sin duda alguna, resulta muy agradable que Liam Neeson vuelva a encarnar un papel de mayor rango, a nivel interpretativo, como ya hizo en “Schindler’s List”. Acompañado por el inseparable juego con su amante (Olivia Wilde), fabrican el hilo conductor que proporciona equilibrio al entramado de historias. La actuación de Wilde deja dos escalones por debajo todo el trabajo de su compañero. Adrien Brody vuelve a deleitarnos encarnando la figura del empresario que, tras dejar todo después de su separación, encuentra, en el calor de una gitana (Moran Atias), todo el amor que tanto tiempo había estado buscando. Mediante una coacción permitida y un tanto forzada, inician una relación más allá de lo puramente correcto. El círculo se cierra con la tensa pugna de Julia (Mila Kunis) por recuperar la custodia de su hijo pero, a causa de cantidad de infortunios, se ve obligada a enfrentarse a su ex-marido, rico y famoso pintor abstracto interpretado por un James Franco demasiado rutilante. Kunis sube un peldaño en su carrera cinematográfica, con un papel de madre coraje conseguido en su mayor grado.

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Pieza singular que no cumple con las expectativas generadas durante la totalidad del metraje. Paul Haggis no encuentra solución a tan complicado puzzle, que se antoja idéntico en alma al de su anterior obra maestra. Las interpretaciones salvaguardan la tensión amorosa de la que se jacta el filme. Un final distinto habría supuesto un giro de notable valoración pero, en cambio, se ha permitido mantenerse en la superficialidad y ha cometido uno de los mayores errores de guión: emplear el Deus Ex Machina.

Sean felices.

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